Ciudad de México, 17 jul (EFE).- Acapulco pasó de ser un paraíso turístico en el sur de México a un infierno «sin ley», afirma a EFE la escritora mexicana Brenda Ríos, quien ha visto la «degradación paulatina» de su ciudad natal bajo el mando de políticos «monárquicos», desastres naturales y la aparición de carteles del narcotráfico que asesinan y extorsionan a la población.
«Es triste porque te arrebatan tu ciudad», lamenta Ríos (Acapulco, Guerrero, 1975), quien, como muchos otros acapulqueños, emprendió un «éxodo voluntario» a la Ciudad de México al ver cómo la violencia y huracanes como Otis devastaron su tierra natal, fracturas que narra en su más reciente libro de crónicas ‘Sweet Acapulco’ (Debate).
Como anticipa el título, el libro, escrito a lo largo de más de diez años, es tan visceral como agridulce, al retratar la urbe de más de un millón de habitantes, donde el 52 % vive en situación de pobreza, como en un «‘western’ distópico» sacado «de una película de (Quentin) Tarantino con un fondo de Frank Sinatra».
Desde niña, Ríos ha sido testigo de esta degradación con hitos como la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014 o la evaporación de restaurantes, hoteles y comercios a causa de los huracanes y del «cobro de piso» ejercido por el narcotráfico que «maneja la economía del estado».
«Los maestros, los taxistas y los conductores de autobuses son los únicos trabajadores que tienen empleo fijo; sin embargo, también están amenazados», advierte sobre esta metrópoli, donde el concepto de «propiedad» o «patrimonio» se ha desvanecido.
En el estado de Guerrero, sur de México, hay cerca de 20 carteles distribuidos en siete regiones, algunos son conocidos a nivel internacional como La Familia Michoacana o el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), mientras que otros nombrados como Los Ardillos y Los Tlacos son producto de un semillero del crimen local.
«Acapulco es un lugar sin ley, pero lo irónico es que está sobrepolitizado. Es un ‘western’ donde no hay buenos ni hay malos; todos estamos contra todos y, en medio, está la clase trabajadora tratando de sobrevivir», advierte.
Y en un lugar donde «no hay castigo», alerta, «cada quien hace lo que quiere», en especial, las dinastías políticas de los Salgado, los Aguirre y los Figueroa, que han conservado el poder en Guerrero durante décadas, al margen de las transiciones partidistas del país.
La perla del Pacífico

Todo «paraíso turístico» tiene una «historia de despojo de tierras ejidales», y Acapulco no es la excepción, asegura la escritora, quien, sin embargo, cada vez que quiere revivir el «glamour» de la «Perla del Pacífico», visita el Hotel Los Flamingos.
Aquel espacio se convirtió en la década de 1950 en el «spot» de la pandilla de Hollywood. Por ahí desfilaron estrellas como John Wayne y Roy Rogers, además del legendario cantante Sinatra.
«Son los meseros más viejitos de Los Flamingos los únicos que recuerdan cuando había propinas en dólares, excesos y una fiesta que alcanzaba para todos», relata.
Esa riqueza, que en la década de 1990 se presumía en las portadas de revistas, con hoteles de lujo, las mansiones de Luis Miguel y Plácido Domingo e incluso las promesas del entonces Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), se tradujo en desigualdad.
Debido a que, en Acapulco, «el dinero no circula hacia abajo», agrega, al remarcar que el balneario turístico está siendo «desplazado» por el sicariato y el uso de drones con explosivos, una violencia que ya no solo alcanza a la siembra de amapola, sino también al control de productos básicos como el limón y la carne que abastecen al país.
«Acapulco se está levantando desde los años 80 y a lo mejor lo va a lograr, pero lo dudo mucho, por lo menos no creo que me alcance la vida para verlo», lamenta Ríos.

