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Los genes y el ambiente en el que crecen los papamoscas determinan el lugar de invernada

Madrid, 25 jun (EFE).- Cada año, millones de aves vuelan miles de kilómetros desde sus áreas de reproducción a los lugares donde pasarán el invierno pero en algunas especies, como el papamoscas, los individuos migran solos y generalmente por la noche sin haber aprendido la ruta de sus padres u otros individuos.

Para averiguar cómo sucede, un equipo internacional de científicos colocó geolocalizadores a papamoscas cerrojillos de ocho poblaciones reproductoras, desde España hasta Siberia occidental. Los resultados revelaron un patrón migratorio tan espectacular como inesperado: los genes y el ambiente en el que crecen determinan la migración y el destino invernal.

La investigación, liderada por Koosje Lamers, de la Universidad de Groningen (Países Bajos), y en la que han participado científicos de la Estación Biológica de Doñana (EBD) del CSIC, constituye una de las primeras pruebas experimentales sobre cómo las aves migratorias seleccionan los destinos invernales.

Un viaje de 13.000 kilómetros

Los datos de los geolocalizadores, recogidos tras la migración anual, cuando las aves regresaron a los lugares de cría, permitieron reconstruir la ruta recorrido por cada individuo.

Los dispositivos revelaron que todas las poblaciones de papamoscas convergían en la península ibérica durante la migración otoñal y descendían siguiendo la costa occidental africana y, tras una larga parada, volaban ininterrumpidamente una treintena de horas hasta el extremo más occidental de África y, desde allí, se desplazaban hacia el este para ocupar distintas zonas de invernada.

Mientras que los papamoscas españoles se establecían en Senegal y regiones cercanas, los siberianos continuaban su viaje hasta la República Centroafricana tras recorrer casi 13.000 kilómetros.

Aunque una ruta directa a través del Mediterráneo oriental reduciría su viaje en unos 4.500 kilómetros, disminuyendo el esfuerzo y los riesgos asociados a la migración, estas aves de apenas doce gramos de peso migraban a través de España.

La explicación para un desvío tan enorme podría ser adaptativa: «podría ser un vestigio evolutivo del pasado, cuando la especie estaba restringida al oeste de Europa y África», comenta Koosje Lamers, primera autora del estudio.

Genes y experiencia

Para averiguar qué determina estas migraciones, el equipo realizó un experimento de cinco años entre los Países Bajos y Suecia.

Trasladaron huevos de papamoscas neerlandeses a nidos suecos ubicados a 500 kilómetros de distancia, donde fueron incubados y criados por progenitores locales. Al nacer, los polluelos fueron marcados con geolocalizadores.

Además, gracias a cruces naturales entre papamoscas de ambas poblaciones, en Suecia nacieron individuos con ascendencia mixta, que también fueron equipados con geolocalizadores antes de abandonar el nido.

Al recopilar los datos, los autores observaron que mientras que los papamoscas neerlandeses pasaban el invierno unos 500 kilómetros más al este que los suecos, las aves neerlandesas criadas en Suecia, se establecieron en posiciones intermedias, y los ejemplares con ascendencia mixta ocupaban áreas aún más próximas a las de la población sueca.

Estos resultados demuestran que el destino invernal de estos pequeños viajeros está determinado por una combinación de factores genéticos y ambientales.

Asimismo, los hallazgos sugieren que lo que está codificado genéticamente, al menos en parte, no es el trazado de una ruta concreta desde el área de reproducción sino, probablemente, la duración del programa migratorio.

Así, los papamoscas de los Países Bajos, al estar situados más al sur, se reproducen y migran antes. En cambio, las aves de Suecia se ven obligadas a migrar más tarde como consecuencia de un verano más corto y tardío.

El estudio concluye que la ascendencia genética determina aspectos temporales clave como la duración del programa migratorio, pero el ambiente en el que se desarrolla el individuo modifica a su vez el destino final, incluso cuando la ascendencia genética es la misma, razón por la que los papamoscas de los Países Bajos se adentran más en el continente africano, mientras que las aves de Suecia permanecen más al oeste.

Cambio climático

La investigación también demuestra que las áreas de invernada quedan establecidas ya durante la primera migración otoñal y que las aves tienden a regresar a las mismas regiones africanas año tras año, lo que tiene importantes implicaciones.

«El lugar donde las aves pasan el invierno condiciona cuándo pueden iniciar la migración de regreso y, por tanto, cuándo llegan a sus áreas de reproducción», explica Carlos Camacho, investigador de la EBD y coautor del trabajo.

«Esa sincronización es cada vez más importante en un mundo que se calienta rápidamente», por eso, entender cómo se conectan las áreas de cría y de invernada permitirá predecir mejor la capacidad de adaptación de las especies migratorias ante los cambios ambientales y ayudará a diseñar estrategias de conservación más eficaces.

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