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Los curtidores de Fez, la otra cara de la postal turística

Fez (Marruecos), 20 jul (EFE).- Las terrazas que rodean las curtidurías de Fez se llenan a diario de curiosos para presenciar una estampa icónica de Marruecos: cubas de piedra donde se curte la piel como en la Edad Media. Abajo, los artesanos manejan cal y químicos. Lo que para unos es una postal turística, para otros es un trabajo extenuante, insalubre y mal pagado.

Las curtidurías tradicionales son uno de los principales reclamos turísticos de Fez, con una medina del siglo IX declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y considerada la zona peatonal más grande del mundo, con sus más de 9.000 calles y callejones.

Solo Chouara, la mayor curtiduría de las cuatro de Fez el Bali (el viejo en árabe), alberga más de 100 fosas y da trabajo a 400 artesanos que preparan unas 4.000 pieles al día con una técnica heredada de la Edad Media.

El exotismo que celebran los turistas tiene un alto coste para los artesanos, como concluye una reciente investigación de la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah de Fez.

El estudio, en el que participaron 220 curtidores, reveló que el 86 % padece al menos una enfermedad relacionada con esta actividad y que un 96 % no utiliza equipos de protección como guantes, mascarillas, gafas o botas.

El arte de Ahmed

Vista general de la curtidurías de Sidi Moussa, la mediana de las tres que existen en la Medina de Fez. Las terrazas que rodean las curtidurías de Fez se llenan a diario de curiosos para presenciar una estampa icónica de Marruecos: cubas de piedra donde se curte la piel como en la Edad Media. Abajo, los artesanos manejan cal y químicos. Lo que para unos es una postal turística, para otros es un trabajo extenuante, insalubre y mal pagado. EFE/Fatima Zohra Bouaziz

Ahmed trabaja desde hace 30 años en la curtiduría de Sidi Musa. Presume de que es la más antigua y que se remonta a la época de los romanos.

A la entrada, ofrece hojas de hierbabuena a los visitantes para que cubran su nariz y suavizar el hedor que desprende la piel con los químicos.

«Seguimos trabajando exactamente del mismo modo que se ha trabajado siempre, como lo hacían los romanos. Es un oficio heredado, que pasa de generación en generación», explica a EFE.

Ahmed no llega a los cuarenta años, aunque aparenta muchos más. Es uno de los encargados de «atender» a los visitantes de la curtiduría. No lleva máscara ni protección alguna -salvo unas Ray Ban falsas para cubrirse los ojos del sol-, pero asegura que en Sidi Musa «no hay enfermedades» y que cuentan con equipos de trabajo.

«Lo único que puede resultar un poco difícil es la cal, que puede quitar pelo de la piel, pero usamos guantes», dice, mientras varios de sus compañeros -con camisetas y pantalones viejos, sin protección-, asienten ante sus comentarios.

El curtidor, detalla Ahmed, compra las pieles, las transporta en carros o burros -porque en la medina no pueden entrar vehículos- y arranca el proceso.

En una gran cubeta con cal se ablandan, se elimina el pelo, pasan a una noria de lavado y comienza la segunda fase, en la que usan «zbel el-hmam», estiércol de paloma, que contiene amoniaco.

Luego, se puede continuar con otro lavado, blanqueo, curtido y teñido con azafrán, amapola o químicos.

¿Hay horarios? No, dice Ahmed. «La jornada termina cuando se ha terminado con una piel. A veces ocho horas, a veces doce».

¿Y el salario? Unos 4.000 dirhams al mes (unos 400 euros), poco más que el salario mínimo (350 euros/mes).

Pero Ahmed y sus compañeros sacan un sobresueldo del turismo con las «donaciones» de unos 50 dirhams (5 euros) de los visitantes por la hierbabuena y las explicaciones para quien quiera escucharlas.

 

El peso de la tradición

La «donación turística» es también imprescindible para acceder a las terrazas que rodean la impresionante curtiduría de Chouara.

Protegidos del intenso olor del cuero con la hierbabuena, los turistas trepan a las azoteas y los balcones de los comercios próximos para capturar la imagen de una tradición milenaria que pasa factura a los artesanos y a la ciudad.

Según el estudio de la universidad de Fez, más de la mitad de los trabajadores sufre dolores articulares por manipular pieles húmedas y pesadas; el 40 % tiene problemas genitourinarios y un tercio afecciones dermatológicas, además de problemas oculares y respiratorios.

Además, los deshechos de las curtidurías contienen químicos, cal y colorantes que han afectado a la biodiversidad de los ríos Fez y Sebou.

Aunque las curtidurías de Fez son un símbolo cultural de Marruecos, los investigadores recuerdan que no pueden preservarse a costa de la salud de los trabajadores.

El desafío, concluyen, está en asegurar la supervivencia de un oficio ancestral con condiciones de trabajo dignas y seguras.

Mar Marín

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