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La guerra deja una profunda huella en la salud mental de los desplazados libaneses

Beirut, 9 jul (EFE).- Husein Farhat dice que ya no recuerda lo que significa sentarse tranquilo porque desde que abandonó su casa en el sur del Líbano ha encadenado varios desplazamientos, huyendo de los bombardeos israelíes, hasta acabar en una tienda de campaña instalada bajo las gradas del Estadio Ciudad Deportiva de Beirut.

«Cuando vives así, acabas psicológicamente destrozado. Los nervios ya no aguantan y pierdes el control con facilidad. No comes como una persona normal, no puedes sentarte tranquilo, no tienes un lugar adonde ir y ni siquiera duermes bien», resume en declaraciones a EFE.

Su historia se repite entre las 94 familias, compuestas por 283 personas, que siguen alojadas en este centro, situado en el sur de Beirut y limítrofe con el suburbio conocido como Dahye, administrado por la Cruz Roja Libanesa, donde al inicio de la guerra llegaron a refugiarse unas 1.800 personas.

Allí reciben una comida diaria, agua, servicios básicos y electricidad para mantener el contacto con sus familiares, mientras esperan poder regresar algún día a sus hogares.

Los efectos psicológicos de la guerra

Decenas de personas del sur de Líbano siguen desplazadas en el Estadio Ciudad Deportiva de Beirut por el temor a los ataques israelíes. EFE / Edgar Gutiérrez

El impacto psicológico de esta situación preocupa especialmente a los profesionales de la salud mental como el director ejecutivo del Instituto para el Desarrollo, la Investigación, la Defensa y la Atención Aplicada (IDRAAC), George Karam, quien asegura a EFE que los efectos del conflicto son «tremendos».

«Estamos viendo muchos casos de depresión, ansiedad y trastorno por estrés postraumático», afirma el psiquiatra, cuyo equipo atiende tanto en hospitales como mediante unidades móviles que visitan los albergues y domicilios de personas vulnerables, además de consultas en línea para quienes permanecen en zonas de difícil acceso.

Karam recuerda que incluso antes del estallido de la guerra el 48 % de los libaneses presentaba síntomas de depresión, el 45 % de ansiedad y el 43 % de estrés postraumático por las sucesivas crisis en el país. «Si repitiéramos hoy ese estudio, los porcentajes serían todavía más altos», advierte.

La vida en un limbo

Noor (nombre ficticio), mujer desplazada del sur, explica a EFE que el daño psicológico fue lo primero que sintió cuando tuvo que abandonar su hogar.

«Lo destruyeron todo. Anímicamente estamos destrozados. Cuando te obligan a salir de tu casa y no sabes adónde ir, acabas tirada en un sitio como este. Nosotros vivíamos con dignidad; aquí la hemos perdido», lamenta.

A su juicio, «solo con venir aquí ya hace falta atención psicológica» y sostiene que «la salud mental está destruida, desde los mayores hasta los niños. Todo el mundo la necesita».

El especialista explica que el tratamiento depende de la gravedad de cada caso: mientras que los cuadros leves pueden abordarse con apoyo psicosocial y técnicas para gestionar el estrés, en los refugios organizan terapias grupales, entre 15 y 20 personas, y reservan la medicación para quienes presentan síntomas más severos.

Necesidades básicas y salud mental

Las consecuencias de la guerra van mucho más allá del trauma psicológico.

Un estudio reciente de IDRAAC muestra que el 87 % de las personas desplazadas se encuentra en riesgo grave de inseguridad alimentaria y malnutrición, lo que alimenta un círculo vicioso: «Cuando una persona no puede mantener a su familia, se deprime; y cuando está deprimida, le resulta aún más difícil encontrar soluciones», afirma el especialista.

Ese vínculo entre las necesidades básicas y la salud mental aparece de forma constante en los testimonios recogidos por EFE.

«La comida también es un problema. Nos dan una sola ración al mediodía y con eso tenemos que almorzar y cenar», denuncia Farhat, quien considera que las ayudas deberían adaptarse mejor a las necesidades de cada familia.

También critica las dificultades para acceder a una atención médica adecuada. «Da igual cuál sea el problema: siempre te dan paracetamol, un antialérgico o un antiinflamatorio. Parece una prisión», afirma.

Noor comparte esa sensación de abandono. «Toda la vida se reduce a una sola comida al día. Si me duele una muela, lo único que me dan es una caja de paracetamol», explica.

Para Karam, las mujeres suelen angustiarse más por el bienestar de los hijos; mientras que los hombres, por la pérdida del empleo y la imposibilidad de sostener económicamente a sus familias.

Los niños constituyen un grupo especialmente vulnerable porque muchos han dejado de ir a la escuela y «han perdido su infancia», señala el psiquiatra.

Mariam Hamoud, de 40 años y madre de dos hijas, reconoce que ese miedo es constante: «La guerra nos destrozó la vida. Estoy aquí sola con mis hijas. Una vive siempre preocupada. Vivir en una tienda de campaña hace que siempre tengas miedo», relata.

Mientras, Noor insiste en que ninguna terapia podrá sustituir aquello que perdió al abandonar su hogar: «El mejor apoyo psicológico es que una persona tenga una casa donde vivir. Ese es el primer paso. Cuando tienes un hogar, puedes buscar trabajo y empezar de nuevo».

Según Karam, el deterioro de la salud mental en el Líbano no puede entenderse separado de la precariedad económica, el desplazamiento y la incertidumbre que aún pesa sobre miles de familias que, meses después de abandonar sus casas, siguen esperando un lugar al que regresar.

Ali Ghandoura y Rosa Soto

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