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Fraunces Tavern, epicentro de la fundación de EEUU que resiste entre rascacielos y ostras

Nueva York, 25 jun (EFE).- Entre el acero y los cristales de los rascacielos del Distrito Financiero neoyorquino, donde el presente se impone a golpe de grúas, andamios y obreros, sobrevive uno de los epicentros de la fundación de Estados Unidos: turistas y locales disfrutan de ostras y whisky donde George Washington despidió a sus tropas tras ganar la Guerra de Independencia.

En una esquina del sur de Manhattan, donde las calles aún tienen nombre y no se ordenan por números, se encuentra Fraunces Tavern, un bar-restaurante que se ha ido adaptando al paso del tiempo y que lucha por mantenerse en una época en la que cada espacio de suelo parece destinado a una nueva construcción.

Aunque inicialmente fue construida como una vivienda privada, en 1762, Samuel Fraunces la transformó en una taberna y rápidamente se convirtió en el escenario de cenas, reuniones y largas discusiones de quienes hoy conocemos como los padres fundadores.

Un laberinto al pasado

Fotografía del 16 de junio de 2026 que muestra el interior del histórico bar-restaurante Fraunces Tavern en Manhattan, Nueva York (Estados Unidos). EFE/ Esteban Capdepon

La taberna recibe con los clásicos escalones de las construcciones de la época en Nueva York (‘stoops’), con los que se evitaba, entre otras cosas, la entrada del agua.

No es casualidad, porque la calle detrás del establecimiento es Water Street, hasta donde entonces llegaba el nivel del mar (hoy se encuentra a unos 500 metros).

Una vez dentro, sorprende un ambiente tenue, una distribución casi laberíntica y el crujir de los escalones de madera.

Cada estancia parece pertenecer a un mundo distinto: mesas largas en unas, mapas y cuadros de la época en otras, vitrinas que exhiben recuerdos de la revolución… Sin embargo, en todas se respira algo de historia que hoy sigue viva.

La bienvenida a Washington

Fotografía del 16 de junio de 2026 que muestra el interior del histórico bar-restaurante Fraunces Tavern en Manhattan, Nueva York (Estados Unidos). EFE/ Esteban Capdepon

En la primavera de 1776, cuando Nueva York aún no había caído en manos del imperio británico, el entonces general George Washington viajó a la ciudad para preparar la estrategia defensiva.

Para entonces, Fraunces Tavern ya se había convertido en un cuartel improvisado donde se reunía el Congreso Provincial de Nueva York y ejercía como sede del Comité de los Cincuenta y Uno, el órgano revolucionario encargado de coordinar la resistencia colonial a las políticas británicas.

Unos meses después, se organizó un gran banquete en honor a Washington y a sus oficiales y la Long Room de esta taberna fue el espacio elegido para la ocasión.

Aunque hoy ya no es el más grande del edificio, se conserva la estética del siglo XVIII: una gran mesa de madera preside el salón rodeada de sillas de respaldo alto a la medida de la relevancia de quienes se sentaban allí.

Vajilla y cubertería de metal, cartas y copas y jarras recuerdan lo larga que debió ser esa noche y lo extensas que tuvieron que ser las conversaciones en las que, casi con seguridad, predominó una idea: la de la independencia.

De cuartel a escenario de la victoria

El 25 de noviembre de 1783, también conocido como el Día de la Evacuación, después de que los británicos abandonaran las costas estadounidenses por Nueva York –la última ciudad ocupada de las colonias–, George Washington y el entonces gobernador del estado, George Clinton, recorrieron la ciudad para dirigirse a la taberna.

Allí, celebraron 13 brindis en honor de las personas e ideas que impulsaron la revolución de las 13 colonias ya independizadas.

Una semana y media más tarde, Washington invitó a sus generales de mayor rango a volver a la taberna para agradecerles su esfuerzo y despedirse de ellos antes de que volvieran a sus casas.

«Con el corazón lleno de amor y gratitud, lo acepto ahora. Deseo con todo mi corazón que vuestros últimos días sean tan dignos de confianza y felices como gloriosos han sido los anteriores», pronunció el general durante la cena, según una recreación que conserva el museo de la taberna.

Se desconoce exactamente quién estuvo en esa cena, pero con el tiempo, Fraunces Tavern ha sido el escenario de miles de brindis.

Los hay de turistas culminando su viaje a la Gran Manzana con un poco de historia; de parejas, amigos y familias celebrando una ocasión especial en el restaurante; y puede que los haya de quienes piensan aprovechar este 4 de julio, cuando se cumplen 250 años de la fundación del país, para recordar a Washington y los suyos también a golpe de copas de whisky y una ración de ostras de las que sirven hoy.

Esteban Capdepon Sendra

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