Supremacistas fueron minimizados en protesta ante la Casa Blanca

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Washington, DC.- Los grupos de supremacistas blancos que aterrorizaron a la población de EEUU hace un año durante una marcha trágica celebrada en Charlottesville, en el estado de Virginia, protagonizaron el domingo 12 de agosto una protesta en Washington, que terminó frente a la Casa Blanca.

El 12 de agosto de 2017, centenares de neonazis tomaron las calles de Charlottesville en uno de los momentos más oscuros para la sociedad estadounidense de los últimos tiempos y esos mismos grupos llegaron a la capital del país para reivindicar sus consignas xenófobas y supremacistas.

Los neonazis, que no superaban una veintena,  se reunieron en las afueras de Washington para tomar el metro hasta el centro de la capital.

Una marea de miles de personas desbordó las calles de Washington y obligó a una veintena de neonazis, envueltos en banderas estadounidenses, a celebrar su marcha por el supremacismo blanco en un rincón del Parque Lafayette, frente a la Casa Blanca.

Para evitar enfrentamientos, la Policía Municipal colocó a los neonazis en un pequeño perímetro cercano a la mansión presidencial y que definió con unas vallas negras de un metro de altura.

Tras el vallado, miles de contramanifestantes abucheaban a los supremacistas y gritaban consignas como “¡nazis, váyanse a casa!”, mientras agitaban pancartas con mensajes como “Sin odio, sin miedo”.

Poca convocatoria

Los organizadores de la marcha “Unir a la derecha” esperaban reunir a 400 personas, pero solo lograron convocar a unas 20, la mayoría hombres blancos.

Uno de esos manifestantes, de 21 años y que respondía al seudónimo de Karl, aseguró que había acudido a la protesta desde Dallas (Texas) porque quería defender los “derechos de todas las personas”, incluidos los blancos que, a su juicio, deberían ser mayoría en Estados Unidos.

A su lado, dos jóvenes cubrían su rostro con pañuelos, gorras y gafas de sol, mientras sostenían una bandera de EE.UU. que usaban para ocultarse cuando los periodistas se acercaban a ellos.

Brandon Watson, el único participante afroamericano, se unió a los neonazis porque “no importa de qué color seas” y, sobre todo, porque quería respaldar a su “amigo”, Jason Kessler, quien el año pasado organizó la marcha de Charlottesville (Virginia) donde una mujer fue asesinada.

Kessler volvió a convocar la marcha de este año y se dirigió a sus simpatizantes en varias ocasiones desde un escenario.

Desde su rincón, los supremacistas podían ver hileras de policías locales con su chaleco amarillo fluorescente y, a pocos metros, miles de contramanifestantes.

Los activistas con el aspecto más amenazante eran los del “bloque negro”, compuesto por antifascistas vestidos con colores oscuros y que cubrían su cabeza con capuchas y cascos de bicicletas.

Algunos llevan máscara para protegerse de gases lacrimógenos, mientras que los menos sofisticados se contentaron con unas gafas de buceo.

El presidente de EE.UU., Donald Trump, guardó silencio sobre el asunto y no rechazó la presencia de neonazis frente a la Casa Blanca, aunque en un mensaje de Twitter condenó “todo tipo de racismo” e instó a los estadounidenses a unirse “como nación”.

El Congreso Mundial Judío (WJC, siglas en inglés) condenó de forma “enérgica” la marcha neonazi.

“Una reunión de racistas y gente de odio en el aniversario de la mortífera marcha de Charlottesville solo puede describirse como una vergüenza para Estados Unidos, socavando los principios de libertad y justicia para todos en nuestro país, y escupiendo además a los mismos valores que la democracia representa”, dijo en un comunicado la presidenta de WJC Norteamérica, Evelyn Sommer.

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