Pfeijffer: “El pasado es una riqueza, pero puede ser un obstáculo”

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ILJA LEONARD PFEIJFFER

Barcelona (España), 10 sep. (EFE).- De imponente figura, con cinco enormes anillos cubriendo sus dedos, larga melena y bigote, el escritor neerlandés Ilja Leonard Pfeijffer, también de riguroso traje y corbata, habló este viernes con Efe de su monumental “Grand Hotel Europa”, donde el decadente Viejo Continente es protagonista.

Encantado de que por primera vez se pueda leer en castellano una de sus obras, desveló que esta novela, que publica Acantilado, empezó a bailar en su cabeza cuando hace trece años se enamoró de la italiana Génova y decidió quedarse a vivir allí, junto a la catedral, en el centro, un lugar vivo, que nada tiene de museo al aire libre, según dice.

Residiendo ya en el lugar, se dio cuenta de que cada vez se sentía “menos holandés, lo que está bien, y más italiano, pero, y es lo más importante, más europeo, naciendo la pregunta de qué es ser europeo hoy y qué significa la identidad europea”.

En esta historia, hay un escritor que se llama como él, con una dolorosa ruptura sentimental a sus espaldas, que le lleva a retirarse a un hotel, decorado de “gloria perdida”, cuyo nuevo propietario es un inversor chino, que lo quiere convertir en algo “más kitsch”.

A lo largo de las páginas, el lector descubrirá quién es Clío, la mujer a la que quiso, y a otra serie de personajes relacionados con el establecimiento, desde el joven botones Abdul, a su jefe, el señor Montebello, o huéspedes como el Gran Griego, Volanki, o la francesa y poetisa Albane.

Con un aire a “La montaña mágica”, de Thomas Mann, la obra tanto ofrece reflexiones sobre el turismo de masas, como ahonda en los populismos y los separatismos, como se centra en cuestiones culturales relacionadas con los grandes nombres europeos, ya sean Leonardo da Vinci y Caravaggio o escritores como Rainer Maria Rilke.

“Por poco que lo pienses -argumenta- la identidad tiene que ver con el pasado, que en el caso de los europeos nos es común, y, a la vez, omnipresente, lo que es motivo de orgullo y de riqueza, pero también nos hace sentir nostálgicos y pensar que lo vivido es lo mejor que nos ha ocurrido”.

En uno de los fragmentos de la novela, rememora su creador, hay un personaje que asevera que en Europa “hay tanto pasado que no deja margen al futuro, lo que es realmente cierto en el caso de una ciudad como Venecia, donde el pasado, con todo el espacio que ocupa, no deja ni construir nuevos edificios. Por tanto, el pasado es una riqueza, sí, pero puede ser, igualmente, un obstáculo”.

A partir de la visión europea de que el pasado es mejor, “que es algo que no solo podemos tener como una sensación, porque hay consideraciones objetivas, puesto que hubo un tiempo en el que las naciones europeas gobernaron los siete mares”, Pfeijffer cree que el Viejo Continente se ha visto obligado a redefinirse y a inventarse.

Sin embargo, la manera en cómo lo está haciendo es “envolviéndose con su pasado, vendiendo entradas de museos y monumentos para atraer al turista, convirtiéndolo en fuente de ingresos”.

El futuro, como ocurre en la novela, viene “de la mano del nuevo propietario del hotel, que es chino”, subrayando la idea de que “el futuro viene de fuera de Europa. No solo pasa con los chinos, también con los árabes, que compran, por ejemplo, clubes de fútbol”.

En este punto, también pone sobre la mesa otra cuestión y es que en la novela el único personaje que no tiene relación con el pasado es Abdul, que no quiere mirar hacia atrás, basándose para escribirlo en un joven de Gambia, al que conoció en Génova cuando filmaba un documental, y que abjuraba de su peripecia vital anterior.

Aquello le llevó al escritor a reafirmarse en que “la cuestión del recuerdo del pasado, de tenerlo tan presente, en realidad, no es un tema universal, sino muy europeo”.

Por otra parte, sostiene que en el futuro “es evidente que la inmigración cambiará a Europa, pero no hay que tener miedo de ello. Lo que deberíamos aprender, en todo caso, es la manera en que integramos a los que lleguen. Pero siempre estamos cambiando. Si no lo hiciéramos, todavía estaríamos adorando a los viejos dioses”.

El también articulista, ensayista, poeta y dramaturgo, que ganó el galardón literario más importante de los Países Bajos con su novela “La Superba”, concluye que “el pasado no desaparecerá, simplemente, se hará más rico, igual como ocurre con los mercados, donde ahora tenemos, además de la fruta y la verdura de siempre, otros alimentos”.

Convencido de que es mentira que “menos es más”, acaba de publicar en neerlandés un diario sobre 110 días de pandemia en Génova y una novela corta, que llegó a las librerías en marzo, pero ya tiene ganas de volverse a “embarcar en una obra grande”.

Por Irene Dalmases

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