Negros hebreos, al borde de la expulsión: “Israel es mi casa”

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ISRAEL TRIBUS

Dimona (Israel), 4 oct (EFE).- La orden de expulsión de la “negra hebrea” Cynthia Clarck para abandonar Israel ya ha expirado. Sus siete hijos podrán quedarse, entre ellos la joven Atayah Ross, con ciudadanía israelí tras haber servido en el Ejército: “No nos reconocen ni como comunidad ni como familia”, dice a Efe.

El Gran Rabinato no valida como “judíos” a esta comunidad afroestadounidense que comenzó a emigrar en 1969 como descendiente de la tribu de Judá, por tanto no tiene derecho a establecerse y aunque tras décadas de litigios ha conseguido cierta regularización, hoy una docena de familias, incluso con nacidos en el país, afronta una deportación inminente.

Dawn Hercules -que llegó en la década de los años noventa-, ha recibido la misma orden de deportación que Cynthia -que llegó en los ochenta-, pero en su caso sus ocho hijos, que nacieron aquí, tendrán también que abandonar el país, incluida Yahletal, de 23 años.

“Nací y crecí aquí. Esto es todo lo que conozco. Israel es mi casa”, declara a Efe Yahletal, una joven que en sus 23 años no ha podido cruzar otra frontera por su situación irregular.

“Invisibles” se sienten ante el Estado, asegura Dawn a Efe, frente a la fachada de su hogar en Dimona, en el desierto del Neguev, que acogió a finales de la década de los sesenta el primer grupo de inmigrantes, hoy residentes en un colorido complejo de casas bajas y coquetos jardines donde está prohibido fumar y sus 300 habitantes veganos practican la vida ecológica.

Unos 3.000 miembros de esta peculiar comunidad, que ayuna en Shabat -día de descanso judío-, reza y practica un judaísmo suigéneris, reside en Israel porque se consideran descendientes de una de sus doce tribus, formadas por el patriarca bíblico Jacob, cuya historia se narra en el Libro del Génesis.

SER O NO SER JUDÍO

“Nuestras canciones son sobre el río Jordán, no sobre el río Niger; cantamos a Jericó, Jerusalén y los canaítas, no a Mali ni a Tumbuctú”, defiende a Efe Ahmadiel Ben Yehuda, portavoz de la comunidad, la cultura musical a través de la que asegura consiguieron mantener su identidad en EE. UU., adonde sus antepasados llegaron desde África como esclavos.

Era su única forma de expresión, explica, en los más de dos siglos de esclavitud en EE. UU. donde conservaron una singularidad dentro de la comunidad afroamericana. Hasta que Ben Amí Ben Israel, nacido en el seno de una familia cristiana baptista, comenzó en 1963 en Chicago la creación del centro cultural A-Beta Hebreo.

“Nuestra identidad nos llevó a volver a nuestra tierra ancestral de Israel, a Jerusalén, y muchos salieron de EE. UU. en 1967; pasaron un año y medio en Liberia, una vivencia muy difícil, y en 1969 llegamos a Israel”, resume sobre la hazaña que protagonizó “el líder espiritual”, Ben Amí, que murió en 2014 en Dimona.

Pero al entrar en Israel, no se reconoció su judaísmo y quedaron al margen de la Ley del Retorno de 1950, que concede automáticamente ciudadanía a cualquier judío del mundo. Si bien las leyes migratorias restringen la adquisición de ciudadanía y la imposibilita a los refugiados palestinos que nacieron en la región.

El texto legal fue modificado posteriormente para definir como judía a “una persona que nació de una madre judía, o se ha convertido al judaísmo y no es miembro de otra religión”.

Para Ben Yehuda supone un conflicto entre etnia y religión al no reconocer a la comunidad “Áfrico Hebreo Israelita de Jerusalén” su origen genealógico como descendientes de Judea y sin embargo “aceptar la conversión”.

Tras varias negociaciones políticas con los sucesivos gobiernos, en los años noventa llegaron a un acuerdo para ir regularizando progresivamente su estatus: primero mediante residencias temporales, luego “permanentes” y, en cada caso, ciudadanía.

FAMILIAS, MÁS ALLÁ DEL COLECTIVO

La situación ha llevado a una “discrecionalidad”, consideran, que no entienden sus miembros ni como colectivo ni como individuos. “Las directrices no están claras. Demoran (las citas en la Administración) y al final no la consigues y te quedas sin tiempo y te echan”, lamenta Ross.

Su madre Cynthia es el único miembro de su familia que debe abandonar Israel. Quedará su padre que, al haber servido en el Ejército israelí, consiguió la ciudadanía israelí. Como otro de sus hermanos, y un tercero, que consiguió la llamada residencia permanente.

El resto tiene una “residencia temporal” y en realidad ninguno sabe a qué procedimiento acogerse para homogeneizar su situación.

“Lo que siento es que discriminan nuestra forma de vida, porque no practicamos el judaísmo en el modo que ellos creen que debemos, o que no nos ajustamos a los estándares”, considera Cynthia por lo que cree que debería ser un reconocimiento automático.

Dawn y Cynthia llevan décadas intentando regularizar su situación sin conseguirlo pero, aún así, optaron por crear una familia en Israel, que ahora no sabe si podrá permanecer junta.

La Ley de Inmigración prevalece sobre la del Retorno, que determina el Estado judío que es Israel y su población, y con las órdenes de expulsión efectivas desde el 23 de septiembre, intentarán ahora apelar al Supremo.

“No creemos que la manera de resolverlo sea por lo legal. Políticamente, una firma del primer ministro o de la ministra del Interior habría resuelto este problema. Siempre fue así”, considera Ben Yehuda sobre la historia de un colectivo, hoy ampliamente integrado en la sociedad israelí, que reabre los debates del origen.

Laura Fernández Palomo

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