La visión idealizada de la Navidad que nos llega desde las películas no corresponde con la realidad y, por supuesto, en la vida adulta no tenemos la misma ilusión de estas fechas como cuando éramos niños.

Si a esta formula se agrega el hecho de que somos inmigrantes y extrañamos a los familiares y costumbres en nuestros países, podría ser que una serie de sentimientos de insatisfacción y hasta depresión se acumulen.

Pero eso no significa que debamos demonizar a la Navidad y hacernos daño a nosotros mismos tomándonosla como un mal trago.

El desajuste entre la Navidad idealizada y la Navidad real no puede ser el único motivo que nos deprime.

Encontramos muchas causas de depresión en Navidad, muchos motivos para que aumente la tristeza, la angustia y el desánimo, pero todos esos motivos se pueden superar si adoptamos otro punto de vista. Aspectos como el consumismo, la necesidad de hacer regalos a todos, acudir a las reuniones familiares, sociales y laborales con el mejor look y la mejor sonrisa fomentan la frustración y el deseo de desaparecer.

Derrochar amor, cariño y amabilidad parece de obligado cumplimiento y desarrolla un sentimiento de angustia y de impotencia por no poder cumplir las expectativas.

Si bien la depresión navideña se puede convertir en un trastorno emocional, en la mayoría de los casos se trata de un bajón emocional importante, pero temporal.

Sin embargo, tampoco debemos subestimar este estado depresivo y lo mejor es combatirlo con una actitud positiva pero, sobre todo, realista.

Tenemos permiso para innovar, crear y transformar cualquiera de las tradiciones que más daño nos hacen. Tal vez no podamos huir de la cena de empresa, pero seguro que hay un montón de compromisos navideños que sí podemos evitar.

Lo importante no es agradar a los demás a costa de nuestra estabilidad emocional, sino ser lo suficientemente felices como para demostrar amor y cariño de forma natural.

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