La “flauta de los Andes” vuelve a resonar en manos del pingullero de Pintag

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ECUADOR TRADICIONES

Quito, 20 nov (EFE).- El pingullo, conocido también como “la flauta de los Andes”, es un instrumento musical ancestral, imprescindible en muchas de las fiestas indígenas de la sierra norte de Ecuador, donde ha vuelto a resonar en manos de Rosalino Bautista, a quien le conocían en su pueblo como “el último pingullero de Pintag”.

Y es que Rosalino no sólo elabora estas pequeñas flautas, sino que entona el instrumento como lo hacían sus antepasados, con sus tres tonadas que evocan el pasar del tiempo, del sol y del viento, junto a tambores hechos de cuero de oveja, que anticipan los truenos y la resistencia.

Rosalino se alegra al saber que algunos de sus nietos -tiene seis- seguirán con su legado y, por ello, ha perdido el temor de quedar como el “último pingullero” de su comunidad.

En su casa edificada en un amplio terreno en el sector de Rumiloma, del barrio de Tolontag, en la parroquia de Pintag, un sector rural del este de Quito, dispone de un pequeño taller donde elabora los instrumentos.

El taller también alberga mazorcas de maíz que cuelgan del tumbado y la pared, como adornos junto a artes para la labranza de su tierra, donde cría gallinas, perros, llamas y ovejas.

Ahora, para seguir soñando con su pasado, ha definido unos lugares de su terreno donde prevé construir dos museos, uno dedicado al jefe de la resistencia preincásica de Quito y patrono de su comunidad, el cacique Pintag, y otro para evocar al pingullo y a la historia de su comunidad.

Según contó a Efe, ha hallado piezas arqueológicas importantes que formarán parte de los museos, en cuya organización cuenta con especialistas (arqueólogos, antropólogos e historiadores) enviados por instituciones del gobierno provincial, la Prefectura de Pichincha.

Para él es muy importante recuperar la memoria y rescatar la cultura, sobre todo la música que brota del pingullo, una tarea que se fijó desde pequeño y a la que, según dice, nunca renunciará.

Recuerda que los jóvenes de Pintag, en un principio, eludían el contacto con este instrumento musical, al creer que era de uso exclusivo para los mayores, los “rucos” o viejos.

“Nunca me hice para atrás y, ya ve, ahora soy famoso”, dijo Rosalino, cuyo arte ha recibido el respaldo de autoridades dispuestas a rescatar al pingullo como parte de la milenaria cultura de los Andes ecuatorianos.

Paola Pabón, la prefecta de la provincia de Pichincha, cuya capital es Quito, ha escogido a la parroquia de Pintag como una de los diez que convertirá en “destino de colores” de la jurisdicción.

Apadrinada por el Embajada de Bolivia en Ecuador, Pintag está sometida a una intervención integral para rescatar su legado cultural y natural, explicó a Efe Pabón, quien también apoyará el sueño de Rosalino: Edificar los dos museos de Pintag.

Además, Pabón hizo un llamamiento para que el turismo se interese en esta parroquia, que guarda tesoros culturales como el tradicional desfile y danza de los “rucos”, campesinos vestidos con trajes típicos que bailan al estilo andino, en una coreografía melódica única.

Rosalino, de 72 años de edad, vive su sueño junto a Ofelia, su mujer de 69, juntos desde hace 54, y en las noches trabaja en el taller donde fabrica pingullos, tambores y “aciales” o látigos para arrear el ganado.

El viejo músico, que aprendió de sus abuelos el arte de interpretar y fabricar los pingullos, afirmó que antiguamente estas delgadas flautas eran confeccionadas con huesos de cóndor, pero que ahora se escogen ramas de árboles fuertes de la zona para elaborar el instrumento.

Dice con orgullo que todo lo que necesita le proporciona su tierra, aunque para interpretar el pingullo “hay que saber” y mantener la sincronía, porque se ejecuta junto al tambor que se cuelga en el pecho, para poder llevarlo en las largas jornadas de festejos.

Su conocimiento del instrumento le ha permitido expandir su fama de pingullero a otros países como Bolivia, Chile y Perú, donde conoció a otros artistas indígenas.

Sus instrumentos, dijo, deben estar perfectos, y por ello pasa muchas horas en el taller puliéndolos. Con hilos hechos de fibras vegetales, limpia los tres orificios del pingullo, escucha las tonalidades y vuelve a lijar el instrumento “hasta que quede perfecto”.

Cuando su oído lo certifica, toma un tambor, se lo cuelga al cuello sobre el poncho que siempre lo acompaña, y empieza a entonar melodías antiguas que parecen no tener fin, pero que conjugan una mágica sincronía con la naturaleza y la historia.

Fernando Arroyo León

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