Quito, 9 jun (EFE).- Durante la mañana, el centro histórico de Quito se asemeja a un museo al aire libre, con turistas y locales caminando sobre una trama colonial de basílicas, catedrales y calles empedradas, pero esta imagen se diluye cuando el sol se esconde tras la cordillera de los Andes, las persianas bajan y las calles se vacían, un fenómeno que el urbanista Fernando Carrión resume como «morir de éxito».
El mismo lugar que a comienzos de este siglo tenía unos 50.000 habitantes ha perdido, en menos de veinte años, más del 40 % de su población residente, sustituida por cafeterías de especialidad, hoteles boutique y turistas cargando cámaras de fotos.
El fenómeno se produce en un contexto marcado por la crisis de seguridad que atraviesa Ecuador, con sucesivos estados de excepción y toques de queda, pero también responde a una tendencia observada en varias ciudades latinoamericanas, donde las clases medias y altas abandonan los centros históricos en favor de las periferias, de manera que en estos espacios solo quedan sectores populares estigmatizados.
Los mismos lugares que cada mañana se llenan de turistas y visitantes son percibidos por buena parte de la población local como espacios inseguros.
Carrión describe lo ocurrido en Quito como una transformación del uso residencial del suelo hacia actividades más rentables, como cafeterías, restaurantes y hoteles.
«Todo se va haciendo boutique», resume el urbanista, que advierte de que esta dinámica está desplazando a más población de la esperada.
El miedo como principio urbanístico

Guadalupe, dueña de una cafetería tradicional en el caso antiguo de la ciudad desde hace 40 años, explica cómo, hace años, cerraba su negocio a las 23:00 hora local. Ahora lo hace a las 18:00 por el incremento de la «competencia» de franquicias y la sensación de inseguridad,
«Antes había veinte cafeterías, ¡ahora 2.000!», exclamó la mujer.
Algo parecido le ocurre a Augusto, al frente de una emblemática relojería. Cuenta que, aunque los dueños de los locales «se cuidan» entre ellos, prefiere no arriesgarse y cerrar cuando la calle empieza a quedarse «botada».
Para Carrión, el miedo se ha convertido en un «principio urbanístico» que moldea la vida de los ciudadanos, que optan por determinados espacios porque los perciben como seguros y evitan otros por temor a la delincuencia.
Este círculo vicioso, vinculado a la estigmatización y a la inseguridad percibida, ha contribuido al abandono progresivo de decenas de edificios históricos. Muchas viviendas de estas calles permanecen en venta tras años cerradas y sin acondicionamiento.
Al fallecer los antiguos propietarios, los herederos optaron por trasladarse a zonas con mayores oportunidades laborales, servicios y recursos. Carrión define esta dinámica como «aporoficación», un proceso contrario a la gentrificación observada en muchas ciudades europeas.
¿Es realmente inseguro?

Este deterioro de las infraestructuras alcanza también a antiguas escuelas. Tras años cerrado, el edificio de un antiguo colegio fue asumido por la Policía Nacional para adecuarlo y hacer uso del mismo, aunque todavía quedan obras por hacer.
El coronel Gustavo Pérez vincula la ocupación policial de dicho espacio con una mayor sensación de seguridad en la zona.
Según el coronel, la «lógica del delito» lleva a vincular la oscuridad y vaciamiento nocturno con mayor riesgo de criminalidad, pero es una cuestión más relacionada con la percepción que a la realidad.
Admite que el «riesgo cero» no existe y que eventualmente puede producirse algún hurto, pero defiende que las acciones policiales hacen que el sector sea «bastante seguro».
Por tanto, la sensación de seguridad no se limita al número real de delitos cometidos, sino a la ausencia de vida urbana nocturna y estigmatización del espacio.
Andrea Farnós
