La Edad del Bronce en la Península Ibérica, contada por los genes

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INVESTIGACIÓN PALEONTOLOGÍA

Madrid, 17 nov (EFE).- Hace 4.500 años, en torno al año 2500 antes de nuestra era, el Calcolítico iniciaba la transición hacia la Edad del Bronce. Fue un momento de grandes cambios sociales, demográficos y políticos en Eurasia pero también en la Península Ibérica, donde surgió una de las primeras sociedades complejas de Europa, la de El Argar.

Desarrollada en el sureste de la Península Ibérica, en el área que hoy ocupan las provincias de Murcia y Alicante, entre otras, entre el 2200 y el 1500 a.C. El Argar fue una ‘sociedad estado’ de Europa, socialmente compleja y muy jerarquizada -como las dinastías de Egipto o Babilonia-, y una cultura única en Europa donde las poblaciones aún se regían por una incipiente organización social y los enterramientos eran colectivos, fuera del poblado y en conjuntos megalíticos.

La sociedad de El Argar, sin embargo, construía sus asentamientos en las cimas de las colinas, lugares defensivos que contaban con estructuras para almacenar alimentos y agua, palacios para la élite, y enterramientos individuales (o por parejas) dentro del recinto, además de cerámica, armas y objetos de oro, plata y bronce completamente diferenciados.

Para analizar este periodo de transición desde el punto de vista genético, un equipo investigadores liderados por Vanessa Villalba-Mouco, del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia de la Humanidad, de Alemania, y del Instituto de Biología Evolutiva, en España, estudió el genoma de 136 individuos ibéricos que vivieron entre el 3000 y el 1500 a.C.

El estudio también ha utilizado genomas anteriormente publicados de la Península Ibérica, por lo que, en total, incluye datos de casi 300 individuos prehistóricos que vivieron la transición de la Edad del Cobre a la del Bronce. Los resultados se publican hoy en la revista Science Advances.

El análisis reveló que los individuos de la Edad del Cobre (Calcolítico) aún conservaban el linaje ibérico, mientras que los de la Edad del Bronce, en el 2200 a.C., ya tenían el componente genético centroeuropeo que a día de hoy todavía predomina en nuestros genomas.

“Podemos concluir que el movimiento poblacional que surgió en las zonas esteparias del este de Europa hacia el 3000 a.C. necesitó más de cuatro siglos para llegar hasta la Península Ibérica y otros 200 años para cruzarla desde el norte hasta las actuales Murcia y Alicante”, explica Roberto Risch, investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona (este de España) y coautor del estudio.

El estudio también reveló que junto a la huella genética centroeuropea, los individuos de El Argar tenían una tercera componente genética del mediterráneo “que no está en el resto de la Península Ibérica”, explica a Efe Villalba-Mouco.

“Uno de los individuos analizados del yacimiento de Zapatería, en Lorca (Murcia), es claramente no local, con ascendencia norteafricana, mediterránea central y centroeuropea, es decir, un hombre cuya ancestría es distinta a la del resto de la población, lo que demuestra que la sociedad de El Argar incorporaba individuos de estas regiones, tal vez motivados por relaciones comerciales”, detalla la investigadora.

El estudio muestra que los hombres y mujeres de El Argar mantuvieron contacto con el Mediterráneo hasta su desaparición, hacia el 1500 a.C”.

Pero para Carles Lalueza-Fox, paleogenetista y coautor de la investigación, quizá lo más interesante del estudio está en las relaciones de parentesco de la sociedad de El Argar, que estaba altamente jerarquizada.

“El estudio revela que los hombres están emparentados entre sí y las mujeres, en general, no lo están, es decir, que las mujeres eran móviles entre familias y clanes y los hombres permanecían en el grupo en el que habían nacido”, aclara Lalueza-Fox en declaraciones a Efe.

“Lo que muestra esta señal es que la sociedad de El Argar, al menos genéticamente, se establece de manera patrilineal, y que la familia paterna es la que permanece en el asentamiento, pero no podemos ver cómo se transfiere el poder, solo los genes”, apunta Villalba-Mouco.

Por último, el estudio también abunda en la posible causa de la desaparición de El Argar, un aspecto que para Villalba-Mouco “probablemente no se deba a una sola causa sino a la confluencia de varios motivos sociales y ambientales como pandemias o sequías”.

Aunque, tal y como recuerda Lalueza-Fox, “estas sociedades tan jerarquizadas solían ser altamente inestables” y podían caer rápidamente por intrigas de poder, por las desigualdades que generaban, o por su gran dependencia a la agricultura, que podía convertir una mala cosecha en una hambruna, entre otros factores.

Por Elena Camacho

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