•Juana Tobar Ortega se encuentra en santuario en una iglesia de Greensboro desde mayo de 2017, en espera de una solución a su orden de abandonar el país.

Por Wiliams Viera  |  [email protected]

Greensboro, NC.- Han transcurrido cerca de 300 días desde el momento en que la guatemalteca Juana Tobar Ortega logró interrumpir su deportación luego de ingresar a la Iglesia Episcopal St.  Barnabas,  de Greensboro.

Tobar Ortega, se convirtió en la primera persona en Carolina del Norte  en ser acogida en un templo  ‘santuario’, para protegerla de la deportación.

En el lugar se ha  improvisado una habitación para que la guatemalteca pueda pasar sus días de encierro, a la espera de una solución o un ‘milagro’ detenga su proceso de expulsión.

Juana es esposa, madre y abuela de ciudadanos estadounidenses.

El caso de Tobar Ortega ha sido una batalla de largo aliento y desde que permanece dentro de ese centro de culto,  trabaja en dos máquinas de coser con las que hace cojines para vender, cada uno, $20 dólares; teje mantas o ropa de bebe, lee la Biblia y  prepara sus alimentos.

Además de su encierro voluntario, a Juana la acompaña un brazalete que las autoridades de Inmigración le ordenaron usar, como un recordatorio que su proceso migratorio aún está pendiente.

“El único consuelo que tengo es mi familia y las personas que llegan hasta esta iglesia. Del resto, parece que todos me olvidaron”, dijo Tobar Ortega entregada a un río de lágrimas que rodaban por su rostro mientras la visitaba su hija Lesby y de dos de sus nietas, Lesly y Coral Brigitte.

Hablar duele

Juana Tobar Ortega necesitaba desahogarse. Aunque fuera para que sus palabras se publiquen. Para ella, el hablar le causa dolor porque ha perdido un año de su existencia y considera que, si llega a ser enviada a su país de regreso, “los 25 años que llevo viviendo en este país se irán a la basura”.

Recibe a los suyos en ese hogar que le impide ser deportada y se ampara al texto bíblico de  Filipenses 4:19, ese que dice, “Así que mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús”.

El pasaje bíblico le da fuerzas para seguir viviendo en la incertidumbre.

Los abogados contratados para buscar una solución a su caso migratorio, no le dan ninguna razón de su caso, según contó a este semanario.

“La noche anterior en que tenía que ir a la oficina de Inmigración, en Charlotte, tuve un mal sueño. Fue más una crisis de angustia que la clásica pesadilla que tenemos cuando inconscientemente desenterramos los miedos que nos mortifican”, recordó Tobar Ortega.

La familia de esta inmigrante ha contactado a varios abogados, incluida a la abogada que llevó el caso de Minerva Cisneros, otra inmigrante amparada a santuario, sin que hasta ahora se haya encontrado una solución.

Y aunque nada está garantizado en el caso de Juana Tobar Ortega, ella sigue creyendo en Dios. “No pienso dejar a mi familia. Voy a estar aquí el tiempo que sea necesario”. dijo.

El caso de esta madre guatemalteca se inició en 1993. Ella, con 19 años de edad y madre de dos hijas que dejó con su progenitora, huyó de su país por el conflicto armado interno de Guatemala que dejó más de 300 mil muertos.

Sin embargo, ante una grave enfermedad de una de sus hijas, salió de EE.UU. sin pedir permiso a Inmigración,  luego de iniciar un proceso de asilo político. En este punto se estancó el caso de Juana Tobar Ortega.

Ella reza y espera un milagro mientras el brazalete le recuerda con una vibración, en la noche o en el día, que desde una oficina de Inmigración la tienen vigilada.

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