Ex Dama de Blanco mantiene su fe en el pueblo cubano y la caída del régimen

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Miami, 8 abr (EFE).- La opositora cubana Onelia Alonso, exmiembro de las Damas de Blanco, no lleva un gladiolo entre las manos como los domingos para pedir en las calles “el fin de la dictadura”: lleva una mirada triste y a la vez esperanzada mientras, desde Miami (Florida), apoya a la treintena de disidentes que este jueves cumplen 20 días de ayuno en la isla.

“Tengo fe en el pueblo, tengo fe en el Movimiento San Isidro (MSI, de artistas independientes). Lo único que nos faltaba era que el pueblo saliera a la calle”, dice a Efe Alonso durante una entrevista una semana después de llegar a Miami.

Su voz se quiebra al recordar a su “mamita de 81 años” que dejó en la isla, al igual que a su hijo, nietos y hermanos. Pero lo que más le pesa contar es el viaje de tres años y siete meses atravesando al menos 14 países de Suramérica y Centroamérica.

UNA MUJER DE “OPOSICIÓN DURA”

“Me fui porque ya no podía más con tantos golpes, estoy vieja y enferma y quería una esperanza de vida. Por eso me fui”, afirma tajante esta mujer de 63 años que quiso ser enfermera pero sus “ideas políticas” chocaron con el régimen.

En 1976, poco antes de graduarse, fue expulsada de una escuela de enfermería en la provincia de Villa Clara (centro de la isla) por manifestarse abiertamente contra el Gobierno comunista.

A partir de ahí su vida cambió. Se dedicó a confeccionar bombones de chocolate, pero: “ser opositor en Cuba es marcarte para siempre”.

“Soy opositora de toda la región central (de Cuba) en diferentes movimientos; soy una ex Dama de Blanco”, aclara, y agrega que, del grupo opositor de mujeres fundado en 2003 por la fallecida Laura Pollán, se pasó al Frente Antitotalitario Unido (FANTU), que dirige Guillermo Fariñas, merecedor del Premio Sájarov en 2010.

“Seguí siendo una persona de calle, de primera fila, siempre apoyando a las Damas de Blanco”, explica.

Con FANTU, de la que aún es miembro, Alonso practicó lo que ella denomina “oposición dura”.

“Íbamos día a día a protestas callejeras, en los mercados, donde hiciera falta; parábamos el tráfico de La Habana a Santiago, éramos muy reprimidos”, recuerda sentada en el salón de un “ángel de emigrantes”, el cantante Erich Concepción, que le sirve de anfitrión en Miami.

Dice Alonso que lo de ser opositora lo lleva en la sangre. Proviene de familias de “alzados” en el Escambray, en la región montañosa del centro del país donde a principios de los años 60 varios campesinos se opusieron al castrismo y se levantaron en armas.

“A mi familia le quitaron los cafetales y a un tío mío lo mataron”, explica sobre la ofensiva que llevó Fidel Castro a la zona para quitarse del medio a sus primeros opositores.

Ahora, muy tocada de los nervios, aunque feliz de haber llegado a Miami tras una travesía tan peligrosa, Alonso afirma que Castro “desterró a los campesinos que se viraron contra él. Los llevaron a Pinar del Río”, en el extremo occidental de la isla.

Ella también es una desterrada. Al dejar Santa Clara (300 kilómetros al este de La Habana) y volver a Cumanayagua, la zona del Escambray de donde proviene, la policía política le dijo rotundamente: “Aquí te podemos desaparecer”.

“Es increíble que a mi edad tenga que dejar a mi mamita de 81 años, a mi hijo, mis nietos, mis hermanos, mi familia y venir aquí ya cansada de ser golpeada y maltratada por ese régimen dictatorial. Es triste”, describe.

Explica que los opositores y disidentes no han podido lograr más porque el pueblo “tenía mucho miedo”, aunque expresó su fe y esperanza en ese “pueblo de a pie que sufre, que no tiene que comer, que está en la calle con gritos de salvación”.

Sobre la huelga de hambre que hace 20 días sostiene una treintena de miembros de la opositora Unión Patriótica de Cuba (Unpacu), dice que apoya la huelga de Ferrer (José Daniel, líder de la organización), pero que “mejor” los quiere “vivos con sus gritos de libertad cada día”.

ATRAVESÓ DOS VECES LA SELVA DEL DARIÉN

Registrada por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) e identificada en la lista de la ONG Cubans Prisioners Defenders, su viaje de tres años y siete meses a través de al menos 14 países de Suramérica y Centroamérica lo describe como un “infierno” que no le desea a nadie.

Alonso aclara que su pasaporte le fue retirado en Trinidad y Tobago, “en contubernio con el Gobierno cubano”, y rememora con agitación cómo se perdió en la selva, deambulando durante días, sin encontrar una salida, hasta que finalmente, “ya casi sin conocimiento, desmayada”, logró llegar a la costa, sola.

Recuerda con dolor la embarcación que la recogió, el momento en que las autoridades panameñas decidieron, aún estando enferma, deportarla a Colombia.

Alonso, que viajaba en un inicio con su hermano Carlos, con quien se reencontró más tarde en el camino, atravesó dos veces la peligrosa Selva del Darién, frontera natural entre Colombia y Panamá.

La segunda ocasión que lo hizo casi muere en un deslave ocurrido el 23 de abril de 2019 que sorprendió a varios migrantes durmiendo.

“Murieron cubanos, haitianos, africanos”, dice.

Producto de su diabetes e hipertensión, Alonso había quedado rezagada del grupo que pereció, entre ellos la cubana Eneida Milián, de 81 años, a quien recuerda cariñosamente por “el café que hacía”.

Al llegar a Estados Unidos, la entonces Administración del republicano Donald Trump la devolvió a México, y allí, en el puente internacional de Matamoros, a orillas del Río Bravo, pasó un año y un mes viviendo bajo una carpa.

“Sufrí amargamente inundaciones, extorsiones, temperaturas bajo cero”, relata visiblemente emocionada.

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