El sur de Puerto Rico busca despertar del mal sueño del terremoto del 7 de enero

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PUERTO RICO TERREMOTO

San Juan, 7 feb (EFE News).- Un mes después de que un terremoto de 6,4 afectara al sur de la isla, sus habitantes persiguen despertar de lo que quisieran hubiera sido un mal sueño que causó miles de dólares en desperfectos y dejó en la calle a cientos de personas, que desde entonces afrontan réplicas diarias.

Fue exactamente a las 04.24 de la madrugada cuando a 11 kilómetros al sur-suroeste de Guayanilla se estremeció toda la isla, pero provocando caos y pánico entre los residentes de esa zona al tratar de cubrirse, cobijar a los menores y salir de sus residencias por donde pudiesen mientras esta se movía en medio del peor sismo registrado en Puerto Rico en más de 100 años.

Estos habitantes veían cómo en un par de segundos la estructura que los guareció por meses, años o décadas, quedaba agrietada completamente, perdiéndolo todo y buscando algún lugar para pernoctar ese mismo día y pasada la noche a esperas del futuro suyo y el de sus familias.

Algunos decidieron dormir en sus vehículos, catres o casetas de acampar fuera de sus residencias ante el miedo de que algún intruso tratase de entrar a las mismas y robarse lo poco servible que les quedaba, mientras que otros se movilizaron a refugios provistos del Gobierno y otros a zonas aisladas.

Algunos de esos lugares donde pernoctan los ciudadanos de los municipios de Guánica, Ponce, Yauco, Guayanilla y Peñuelas ubican en áreas abiertas, como pistas atléticas, estacionamientos o zonas verdes, mientras otros se refugian en escuelas o en carpas habilitadas por el Gobierno y la Guardia Nacional.

“¿Para dónde nos vamos a ir?”, cuestionó Nancy Castro a Efe frente a la caseta de campaña que su hijo le envió desde los Estados Unidos y montó en la Pista Atlética Heriberto Cruz en Guánica.

“Con esto que mi hijo me mandó, pues digo que es mi casa”, dijo Castro, quien en su caseta de acampar cuenta con sus necesidades básicas y hasta un ordenador portátil, donde dice que rebusca información de los temblores y hasta de cómo construir una nueva vivienda resistente a sismos.

La actividad sísmica en la isla comenzó específicamente el 28 de diciembre del año pasado con un temblor de 5,1 grados con su epicentro al sur de Guánica, y una profundidad de un kilómetro.

Este temblor llevó a Castro a dormir en el balcón de su casa por cinco días.

Pero, el 6 de enero un nuevo temblor de 5,8 estremeció el sur de la isla, provocando la caída de decenas de viviendas en Guánica.

Hasta ese momento, se pensaba que ese temblor sería el más notable en la era moderna, hasta que llegó el terremoto del día 7, que llevó a que miles de personas perdieran sus residencias, incluyendo la de Castro que ubica cerca de “El Malecón” de Guánica.

“Mi casa no es habitable. Cada vez que se mueve, se cae un pedazo de techo. Prácticamente no tengo casa”, lamentó Castro, quien contó además que debido a que sufre de los nervios, decidió movilizarse a la pista atlética de Guánica, pues allí, según dijo, siente menos los temblores.

En ese mismo lugar también pernoctan Marisol Echevarría Pérez junto al resto de su familia, incluyendo su hijo, Benjamín Vélez Echevarría, y dos de sus cuatro hijos, los mellizos Yandriel Mari Vélez Nazario y Yandriel Liz Vélez Nazario, ambos de 4 años.

Todos ellos forman parte de una decena de familias y residentes que tuvieron que desalojar forzosamente los 20 apartamentos que conforman el residencial público Luis Muñoz Rivera, en Guánica, pues todas las estructuras están inhabitables, según les informaron unos ingenieros estructurales.

“Aquí estamos a la espera de si nos van a dar un apartamento o nos mantendrán aquí”, dijo Echevarría Pérez a Efe mientras le daba comida a los mellizos de una lata de ravioli que alguien les donó y su hijo llegaba de la calle trabajando para tratar de conseguir algún dinero para sostener a su familia.

“No es lo mismo estar aquí que en casa de uno. Aquí estuvo lloviendo tres días lloviendo y creó fango ahí al frente, de donde sale mucha peste”, agregó la mujer, quien relató que la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez, acudió a su nuevo lugar de vivienda, pero no así el alcalde de Guánica, Santos Seda.

La pista atlética de Guánica también cuenta con servicios médicos, carpas con talleres de música, en especial de los ritmos autóctonos de bomba y plena, artistas circenses enseñándole a niños a saber caminar sobre zancos, payasos, servicio de lavandería y un área donde se recoge ropa donada para los damnificados.

Y entre los voluntarios que ayudan con repartir la indumentaria donada, está Margie Orengo, residente del Barrio La Luna, posiblemente la zona más afectada por los temblores en la isla por la derrumbamiento de decenas de residencias.

“Allí hay mucho desastre”, contó Orengo a Efe mientras visitaba a Castro.

“No puedo dormir, porque cada vez que siento un temblor me levanto y me alarmo. En Puerto Rico nadie duerme. Acá nadie duerme dentro de las casas. Acá no hay vida. Uno vive en una pesadilla constante”, relató.

“¿Hasta cuándo? Queremos un día normal, que uno pueda descansar, estar en paz. Que mis hijos y yo tengamos una vida normal, constante. En mi casa todo se derrumbó”, añadió.

En Ponce, mientras tanto, un pequeño grupo de ciudadanos se aloja en el estacionamiento que comparten el Coliseo Juan “Pachín” Vicéns y el Estadio Francisco “Paquito” Montaner.

Entre esos hospedados está Danylo Saciuk, un ucraniano residente en Ponce desde el año 2007 y quien lleva pernoctando allí dentro de su automóvil, pues según afirmó, le brinda mayor seguridad que refugiarse dentro de una estructura de cemento.

“¿Porqué nos quedamos aquí? Porque es bien difícil alejarnos de lo que es nuestro”, indicó Saciuk a Efe mientras mostraba su vehículo, en el que duerme y guarda todas sus pertenencias.

“Al menos que el sitio haya quedado completamente derrumbado, uno tiene esperanzas de reconstruir. No queremos estar cerca de estructuras altas y si es de noche, no tengamos ni adonde correr”, agregó.

Según recordó Saciuk, éste lleva alojado allí porque el apartamento en el que residía en el casco urbano de la llamada “Ciudad señorial” le brindaba inseguridad por los temblores.

“Miré el apartamento y dije: ‘fue un placer vivir aquí, pero me despido’. Así mismo cogí mi bulto y bajé por las escaleras a las millas”, relató Saciuk, de 51 años.

Saciuk dijo además que donde “vive” ahora es “un millón de veces más seguro” que la Escuela Vocacional, que queda cerca a las instalaciones deportivas ya mencionadas y que otro problema que enfrenta es el espacio para alojar a todos los refugiados.

Previo a la actividad sísmica preparaba un proyecto de realidad aumentada para proponérselo al Departamento de Educación, confesó que tras los más de 3.400 temblores que se han registrado en el suroeste de la isla desde el 28 de diciembre, le teme a entrar a una estructura.

“Si entro a algún edificio, analizo qué haría si hubiera un temblor. Ese tipo de pensar no lo tenía antes. Ahora estoy más consciente de entrar e irme rápido”, relató.

El educador dijo además que pudo haberse quedado a residir en casa de su madre, también residente en Ponce, “pero cuando vi la necesidad, preferí quedarme”.

“Vi tanta bondad, que eso me convenció a quedarme”, puntualizó.

Mientras tanto, en el estacionamiento del estadio Municipal Mario “Ñato” Ramírez, en Yauco, se han alojado en casetas de acampar Edubina Morales y parte de su familia, entre ellas, su hija con su esposo de 34 años y sus cuatro hijas de 14, 13, 11, 9 y 5 años que perdieron su residencia en el sector Las Latas, en Guánica.

“Mi casa en Yauco tiene muchas grietas y lo único que es servible es la sala. Necesitamos vivienda. Lo más necesario es la vivienda para que no estemos en estas situaciones. Parece que estamos en otro siglo. Es terrible, inhumano”, dijo Morales a Efe.

“Nunca íbamos a imaginar que estuviésemos pasado por esto. Esto no lo esperábamos así. los nenes no quieren regresar a la casa porque están traumatizados”, admitió Morales, quien contó que las autoridades le han ofrecido residir en residenciales públicos o sitios lejanos de sus familias, pero se niegan a hacerlo.

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