Washington, 29 mar (EFE).- El caso “Signalgate”, en el que el Gabinete estadounidense us贸 un entorno digital abierto para intercambiar informaci贸n de un ataque militar, ha supuesto el episodio m谩s sonrojante hasta la fecha para el segundo Gobierno de Donald Trump y servido para atacar a dos de sus figuras clave, el asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Waltz y Hegseth, junto a figuras como el vicepresidente, JD Vance, la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, o el director de la CIA, John Ratcliffe, optaron a mediados de marzo por emplear la aplicaci贸n Signal para hablar de los preparativos y el desarrollo de una ofensiva sobre rebeldes hut铆es en Yemen en vez de hacerlo con dispositivos con “air gap” (no conectados a internet), un est谩ndar para cargos con acceso a material sensible en EE.UU.
Lo acontecido pone de relieve la costumbre extendida entre funcionarios en Washington de coordinarse por apps de mensajer铆a (o mediante el uso de tel茅fonos particulares) y plantea preguntas sobre si este comportamiento se ha repetido anteriormente y si, por tanto, pa铆ses como Rusia o China han podido espiar regularmente este tipo de conversaci贸n, o sobre si el uso de Signal -que destruye los mensajes pasado un tiempo- viola leyes federales.
Tambi茅n deja especialmente en mal lugar a Hegseth por la informaci贸n que comparti贸 en abierto y por el hecho de que un secretario de Defensa suele contar, all谩 donde va, con personal a su disposici贸n para que le fabrique al momento lo que se conoce como un SCIF (siglas en ingl茅s de instalaci贸n compartimentada de informaci贸n sensible).
Un SCIF (es-kif) es un habit谩culo con unos est谩ndares de seguridad tan estrictos que resulta pr谩cticamente impenetrable y en el que est谩 terminantemente prohibido meter un tel茅fono celular, vulnerable a escuchas.
El error de Waltz
Waltz, es el responsable de que el mundo haya podido leer como 茅l y el resto del grupo debat铆an sobre los detalles del ataque y sus implicaciones pol铆ticas, sacando a relucir de paso el enorme recelo de Vance o Hegseth por “rescatar a Europa de nuevo”.
Todo porque el asesor de Seguridad Nacional invit贸 -se cree que por error- al director editorial de la revista liberal 'The Atlantic', Jeffrey Goldberg, a la sala de chat, donde el periodista permaneci贸 desapercibido durante cuatro d铆as leyendo todos los intercambios.
Trump ha defendido a Waltz, diciendo que “va a seguir haciendo un buen trabajo”, pese a que medios estadounidense han revelado que algunos miembros del equipo de Trump est谩n molestos por su error.
Con Waltz surge ante todo la pregunta sobre por qu茅 ten铆a en agenda a Goldberg, al que Trump ve como un periodista hostil y al que Waltz ha llamado “basura” y con el que se supon铆a que no ten铆a relaci贸n, algo que intent贸 aclarar sin mucho 茅xito en una entrevista con la conservadora Laura Ingraham en Fox News esta semana.
Las confusas respuestas de Waltz, que dijo que est谩 investigando si fue Golberg el que se meti贸 “deliberadamente” en el chat, “que todo el mundo ha tenido un contacto (telef贸nico) que indica una persona y luego un n煤mero de tel茅fono diferente” y que nunca ha conocido al periodista ni se ha comunicado con 茅l, no han despejado dudas.
Detalles sobre el ataque
Hegseth, por su parte, revel贸 en el chat informaci贸n sensible, incluyendo objetivos, activos militares desplegados y, con dos horas de antelaci贸n, el cronograma del ataque, lo que pudo haber puesto en riesgo a personal estadounidense.
“Nadie est谩 enviando mensajes de texto con planes de guerra, y eso es todo lo que tengo que decir al respecto”, zanj贸 con rabia Hegseth, que ya estaba bajo la lupa por ser el secretario de Defensa con menos experiencia militar de la historia reciente, por ser ratificado por el Congreso in extremis o por las repetidas alegaciones de que abusa del alcohol.
“Cuando hay emojis de pu帽etazos y de fuego, es falta de sobriedad. No lo digo literalmente”, dijo con sorna el jueves en el Comit茅 de Inteligencia de la C谩mara de Representantes el dem贸crata Jim Himes.
El “Signalgate” ha convertido a Waltz y Hegseth en objeto de burla, desatando especulaciones sobre su futuro. Tal y como se帽alaban esta semana fuentes cercanas a Trump en The New York Times, si hay algo que el presidente detesta es que su equipo se convierta en el hazmerre铆r del mundo.