El peor enemigo de Trump es Trump

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Por Gustavo Gac-Artigas

31 ene.- Y si comienzo así, lo que sigue es obvio: el mejor aliado de los demócratas es, Trump.

Y el mejor aliado del pueblo americano es, Dios, puesto que la conclusión es clara, ¡que Dios nos salve de lo que estamos viviendo!

Al apagarse las hermosas, deslumbrantes y a la vez oscurecedoras luces del gran salón del Senado, tras secarme un par de lágrimas que empañaron mis ojos al escuchar las telenovelísticas historias con que los presidentes acostumbran acompañar sus discursos para mostrar al espectador el lado humano de su gobierno -y en ello compiten ambos bandos- me quedé a solas con mis pensamientos.

Por momentos regresaba al discurso y al hermoso salón matizado de sonrisas de toda gama: de desprecio, burlonas, prepotentes, de disimulo del pensamiento, de rabia o de aprobación, sonrisas que por momentos adornaban el rostro de los comensales, que por momentos desfiguraban el rostro de los comensales al avalar un trago amargo, una indiscreta espina que se atravesaba en el pensamiento, en la dignidad y en la garganta.

Somos fuertes por lo que ustedes son fuertes, proclamaba el presidente, si hasta me dieron ganas de apagar la tele y bajar al gimnasio a hacer ejercicios para contribuir con mi grano de fuerza a la fortaleza del país.

Me contuve puesto que se trataba del estado de la nación y no de un desfile de cuerpos deformados por los esteroides del poder, y para ser honestos, en un mundo en que los pobres sufren, prefiero sufrir a sentirme afortunadamente (de fortuna) fuerte.

De pequeño escuchaba el canto de amor de los insectos que se escondían bajo las hojas que, pudriéndose en el suelo, alimentaban amores furtivos. De grande, el llanto de esperanza de los humillados cubrió el canto de amor de la tierra.

Somos uno, clamaba desde la tribuna el cero, puesto que ese uno negaba la existencia del otro, el derecho a ser cero y al ser cero ser infinito en sus posibilidades.

Necesitamos un muro para protegernos, clamaba llamando a la unidad el divisor. Necesitamos que vengan, clamaba el aislacionista, necesitamos sangre nueva, cuerpos inteligentes que tras la transfusión desaparezcan en nuestras venas, en nuestros negocios, en nuestro bienestar sin importar el costo de ese bienestar.

Y los invitados en la gran sala la transformaban en un enorme gimnasio; por momentos se paraban para estirar las piernas, cansados de la inmovilidad, para regresar a la confortable inmovilidad puesto que pueblo que se sienta no avanza o avanza en la dirección que yo quiero.

Los dos bandos competían en la gimnasia, me paro o no me paro, y, a decir verdad, como al comienzo, el discurso daba para que cada uno lo interpretara a su gusto y conveniencia.

A veces los distinguidos comensales se quedaban a medio camino, en una ridícula posición de medias aguas, aplauso solitario antes de que terminara la sinfonía.

Por momentos la violencia se deslizaba en el discurso bajo la sacrosanta bandera de la seguridad; para acabar con la violencia debemos emplear la violencia, no eliminar las causas, no, sino desaparecer la violencia que aflora. Debemos cambiar las molestas reglas de combate con nuestros enemigos, no reconocer al otro y al no reconocerlo poder violar los derechos humanos, regresemos a poblar la cárcel de Guantánamo, símbolo de poderío y triunfo.

Las cifras se reflejaban en el hermoso techo que cubre la gran sala, cifras doradas como doradas son las letras que adornan sus paredes, y en silencio todos, o muchos de ellos, revisaban con disimulo sus carteras y enviaban un rápido texto para averiguar cómo afectaba el discurso sus acciones.

Se habló de crear barreras y de eliminar barreras, crear barreras al ser humano, eliminar barreras a los negocios, se habló de admitir a los mejores premiando la educación y habilidades, se despreció, sin nombrarlos, a aquellos que no tuvieron la fortuna de educarse puesto que tuvieron que defender el primer derecho, el derecho a comer para sobrevivir.

Se opuso el hambre al hambre, la miseria a la miseria, pero se adornó del somos fuertes, somos únicos, somos los mejores, nunca antes existió un mejor tiempo para vivir en América, para todos, millonarios y miserables, todos hermanos en la gran nación.

La respuesta no se hizo esperar, emotiva, llamando a la esperanza al igual que se hiciera en el pasado reciente, pero insustancial en la humilde sala, no por la sala, no por el pueblo sin luces en que se diera, por lo que faltaba una visión, una propuesta, un cambio, una respuesta clara diciendo, basta, hay que cambiar y esto proponemos.

Y en la oscuridad, solo con mis pensamientos, llenaba los discursos con mis esperanzas, alimentaba mis sueños y los de mis hijos, unía mi canto a los sin canto.

Al amanecer vi ocultarse una luna, enorme luna llena azul y roja que se eclipsaba en el horizonte avergonzada de observar el momento en que vivimos.

Gustavo Gac-Artigas. Escritor chileno-americano, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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