El Partido que quedó desconectado en Cuba con la llegada de internet

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CUBA PARTIDO

La Habana, 14 abr (EFE).- La expansión gradual de internet en Cuba ha erosionado en menos de un lustro el control del Partido Comunista (PCC, único legal) sobre el acceso a la información y el discurso de la realidad en la isla caribeña.

Opositores y grupos de la sociedad civil independiente han aprovechado la pérdida de esta hegemonía para posicionar su mensaje y ganar adeptos, un desafío que la propia formación política ha reconocido y estará sobre la mesa en su VIII Congreso, que comienza este viernes.

Cuando convocó el cónclave, previsto del 16 al 19 de abril, el Partido Comunista alertó de que internet y las redes sociales se han convertido en un escenario “permanente de confrontación ideológica” con sus críticos.

La respuesta de los comunistas cubanos ha sido incrementar su presencia en las redes para frenar la “subversión político-ideológica” que, a su juicio, tiene lugar en el espacio virtual.

Esta “guerra cultural y de símbolos” no es más que la posibilidad que brindó internet de transmitir en directo protestas contra el Gobierno, difundir proyectos alternativos, interactuar de “tú a tú” con las autoridades, o reflejar asuntos silenciados por la prensa estatal controlada por el PCC, la única reconocida legalmente.

LA “GUERRA” SE GANA EN TWITTER

En su afán por recuperar terreno, el Gobierno cubano se volcó hacia el ciberespacio, donde un ejército de cuentas “combaten” cualquier tipo de información respecto a Cuba usando etiquetas como #SomosContinuidad, o #CubaSalva.

El propio presidente, Miguel Díaz-Canel, es un defensor a ultranza de la informatización y convocó a sus ministros a abrirse cuentas en las redes sociales, especialmente Twitter.

El denominador común del oficialismo en las redes son las frases o imágenes históricas, anuncios sobre gestión gubernamental y mucha política exterior, con el enfrentamiento con Estados Unidos y el embargo económico siempre presentes.

En contraste con este rígido manual de estilo, estos días se multiplican los “directos” y críticas “en vivo” a las autoridades ante nutridas audiencias de todo el mundo, algo impensable en Cuba hace apenas tres años.

El país caribeño, uno de los más desconectados del mundo, comenzó en 2015 a expandir gradualmente el acceso a un servicio vetado hasta entonces a la mayoría de la población, y los datos móviles llegaron en 2018.

Hoy, uno de los lemas más repetidos por quienes defienden el derecho a pensar diferente es “estamos conectados”.

Más de 7 millones de cubanos- de una población de 11,2 millones- acceden a la red de redes por diversas vías, 4,2 millones específicamente por datos móviles, y hay más de 1.500 áreas públicas de wifi, según datos del Ministerio de Comunicaciones de la isla (Mincom).

Las líneas de telefonía celular activas rondan los 6 millones, mientras que el desarrollo de la infraestructura y servicios de telecomunicaciones en las instituciones estatales aumentó un 13,5 %.

Pero el acceso es aún costoso y filtrado por las autoridades, que bloquean de manera intermitente los sitios web críticos con el Estado, según un reporte de Amnistía Internacional de 2017.

El Observatorio Abierto de Interferencia de Red (OONI), que monitorea la censura de internet, detectó que en Cuba permanecen bloqueadas al menos 36 web, sobre todo plataformas periodísticas independientes que plasman asuntos ausentes de los medios estatales.

INTERNET: ¿EL NUEVO “ENEMIGO”?

El debate de cualquier tema de la Cuba de hoy se ha trasladado a las redes sociales, donde personas con intereses similares se han organizado de forma independiente para reclamar sus derechos.

El profesor de la Universidad Americana de Washington William LeoGrande comentó a Efe que “a veces esas redes organizan acciones del mundo real, como la marcha contra la crueldad animal o por derechos LGTBQ”.

Ambas concentraciones, fraguadas en las redes en 2019, fueron inéditas en un país que prohíbe de facto las manifestaciones no oficiales.

Para el académico, la respuesta gubernamental “ha sido tratar de conciliar a los grupos que hacen demandas que no desafían la naturaleza socialista básica del sistema o el papel de liderazgo del PCC”.

Sin embargo, esa conciliación se ha esfumado ante la amenaza que representan movimientos como los de San Isidro (MSI) -llamado así por la barriada habanera donde se originó-, o el 27N, cuyos reclamos seguirían en la sombra sin Facebook, Twitter y Whatsapp.

El 27 de noviembre de 2020 más de 300 artistas, intelectuales y activistas se plantaron ante el Ministerio de Cultura para protestar de forma pacífica por el desalojo policial, la víspera, de otro grupo de creadores del MSI en huelga de hambre para exigir la libertad de un rapero condenado por desacato.

UN SOLO HASHTAG NO HACE VERANO

Mostrarle al mundo cómo los vecinos de San Isidro evitaron la detención de Maykel Obsorbo -uno de los integrantes del MSI- y corearon consignas contra Díaz-Canel el pasado 4 de abril, o volver viral la canción “Patria y Vida” que pide el fin del comunismo en Cuba forman parte del nuevo escenario.

La expansión de la “esfera pública en las redes” que ocurre en el país “impacta en la sociedad cubana mucho más que las políticas de estados extranjeros”, consideró Ted Henken, profesor de Sociología y Estudios Latinoamericanos en el Colegio Baruch de Nueva York.

El experto aseguró a Efe que pese a lo “inaudito” de la situación, “no debemos asumir que un puñado de hashtags (etiquetas) de Twitter equivalen a un movimiento social capaz de suponer una amenaza existencial a un régimen que permanece afianzado en el poder sin alternativas políticas conocidas o creíbles”.

De hecho, Henken sostuvo que ese movimiento que se ha apoderado de Twitter y otras redes “está vinculado ligeramente a unas marchas y protestas efímeras por parte de una cantidad relativamente pequeña de ciudadanos cubanos politizados y conectados”.

Mientras tanto, estos grupos como el MSI “continúan siendo reprimidos por el constante hostigamiento policial cuando confrontan al sistema”, recordó, por su parte, el profesor LeoGrande, coautor de “Diplomacia encubierta con Cuba: Historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana”.

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