El asesinato de un liderazgo que cambió para siempre Israel

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ISRAEL RABIN

Jerusalén, 4 nov (EFE).- Un cuarto de siglo después de que Israel presenciara el asesinato de su primer ministro por uno de sus ciudadanos, quienes trabajaron codo con codo con el fallecido Isaac Rabin coinciden en que aquel dramático evento cambió para siempre al país: los que lo toleraron, hoy tienen más fuerza.

“Perdimos el país. Nunca seremos lo mismo”, recuerda que pensó Shimon Sheves, entonces el director general de la Oficina de Rabin, cuando aquel 4 de noviembre de 1995, junto a la familia y el futuro presidente Simón Peres, recibieron en el hospital la notificación de la muerte del jefe de Gobierno por los disparos de un ultradrechista judío al término de un mitin en Tel Aviv.

“Un punto de inflexión”, define Itamar Rabinovich, quien fuera embajador en EE.UU. durante el mandato de Rabin en los años noventa y el jefe de las negociaciones con Siria entre 1993 y 1996. Se enteró al aterrizar en Washington, tras un vuelo de trabajo: “Una política de paz terminó en sangre”.

Los dos, Sheves y Rabinovich, confiesan a Efe que la muerte les tocó ante todo personalmente. El primero trabajó doce años con Rabin, con quien pasaba más tiempo que con sus hijos. “Nunca lo vi mentir”, asegura.

Rabinovich, con quien mantuvo una estrecha amistad, recuerda cuánto tiempo invirtió en “proteger la política gubernamental frente a las campañas de la derecha israelí en Estados Unidos entre comunidades judías y evangelistas dirigidas desde Israel bajo el discurso de (el actual primer ministro, Benjamín) Netanyahu”.

VERANO DIFÍCIL

Fue un verano difícil el de 1995. Políticos y rabinos se unieron al rechazo de los Acuerdos de Oslo (1993-1995), aunque “los extremistas fueran minoría”, cuando Rabin se arriesgó a negociar una solución de dos estados con el entonces líder palestino, Yaser Arafat, hasta ese momento considerado terrorista.

“No fue una manifestación, sino un mitin”, donde murió Rabin, corrige y destaca Sheves: “fue un evento por la paz y contra la violencia para mantener la democracia de Israel” por la creciente polarización que vivía el país, “el inicio de lo que hoy ocurre”, valora.

En 1994, Israel firmó también la paz con Jordania y, recuerda Sheves, había contactos secretos con los países del Golfo y del norte de África. Incluida una visita clandestina a Túnez.

Hace hoy 25 años, Rabin despertó dudando si asistir a aquel mitin. No porque tuviera miedo a ser asesinado, pese al caldeado ambiente político, sino porque temía que la entonces plaza de los Reyes estuviera vacía. Hoy la plaza, que ese día congregó a más de 250.000 personas, lleva su nombre.

Peres y sus amigos animaron a Rabin a asistir. Sheves se opuso. Como jefe de personal estaba organizando las elecciones que debían convocarse meses después, en mayo de 1996, y prefería otros eventos “de consenso” en otras zonas del país más que posicionarse en una localidad tradicionalmente de centro izquierda que tenían ganada. Rabin decidió ir.

“Todo fue perfecto y al final del mitin cuando Rabin fue hacia el coche, el asesino (Yigal Amir) disparó tres veces, dos balas entraron por la espalda”, recuerda Sheves, que estaba presente.

Desde entonces, “estamos en un país diferente, ya no es el mismo”, considera.

NO MATÓ UN PROCESO DE PAZ, SINO UN LIDERAZGO

“No es verdad que el proceso de paz (Acuerdos de Oslo) muriera con Rabin, por supuesto que tuvo un impacto negativo pero otros dirigentes continuaron de alguna manera”, zanja Rabinovich que pone el foco en la política doméstica y en la impunidad que han tenido quienes contribuyeron a la incitación de la violencia política.

“Los colonos han pasado a ser parte de la política israelí, a ser ministros y parte del Gobierno de derechas. Ese es el cambio de Israel”, valora Sheves.

Rabin, con la firma de los Acuerdos de Oslo que preveían una autonomía para los palestinos durante cinco años antes de negociar la solución definitiva, estaba dispuesto a salir de gran parte de Cisjordania ocupada, “un 80%, un 90%”, adelanta Sheves.

“La sociedad israelí no cambió, sino que la gente que participó incitando (a la violencia), algunos rabinos que celebraron el asesinato, no fueron penalizados”, remarca Rabinovich, aunque cree que “la mayoría (hoy) apuesta por una solución de dos estados, pero el discurso se ha ido hacia la derecha”.

Para Sheves, “el momentum de hacer algo diferente” pasó porque los líderes posteriores o fallaron (como el laborista Peres que perdió en las elecciones de 1996 en favor del derechista Likud de Netanyahu) o por que fueron procesados (Ehud Olmert, de centrista Kadima, que fue condenado por corrupción) o tenían una ideología diferente (Ariel Sharon del Likud).

Ambos creen que Rabin se habría atrevido a negociar la iniciativa que Donald Trump presentó en enero, el llamado Acuerdo del Siglo, para volver a las negociaciones con los palestinos.

“Con Trump quizá no tendría una relación tan íntima como tiene Netanyahu, con personalidades similares y que representan el populismo; Rabin no era así”, asume Rabinovich.

Sheves también cree que la idea de paz era similar, pero hasta Trump y Netanyahu ningún líder había negociado sobre un mapa (que incorporó el plan de Trump): “negociaban sobre principios”, aclara.

Por eso, “los israelíes le recuerdan más por el liderazgo que por la política. No por Oslo, sino como líder que tenía una visión para implementar. Era honesto. Siempre habló directamente, a veces, demasiado directo”, asegura el que fuera su embajador.

En realidad, Rabin nunca confió en Arafat, confiesa, pero era el líder palestino que había y arriesgó.

Y aunque narran las crónicas que el líder la OLP lloró al saber del asesinato de Rabin, hoy la población palestina recuerda al israelí con sentimientos encontrados: como implacable jefe del Estado Mayor durante la Guerra de 1967 y controvertido promotor de un acercamiento impensable hasta ese momento. Hoy más que entonces.

Laura Fernández Palomo