Ecuatoriano lleva las montañas a las casas con “Mundo de aventura”

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MONTAÑISMO ECUADOR

Quito, 19 jul (EFE).- El ecuatoriano Iván Vallejo tenía 12 años cuando coronó el Illiniza Norte (5.116 m.), en lo que fue el inicio de una aventura que lo ha llevado a ver el mundo desde las cimas de decenas de montañas, una experiencia que compartirá con un proyecto audiovisual que cautivará a los amantes de la naturaleza.

“Mundo de aventura” es el proyecto que Vallejo estrenará esta semana en su canal de Youtube en el que presentará, por episodios, sus viajes por diversas montañas de Ecuador y el mundo.

Con imágenes de la ascensión al majestuoso volcán Cotopaxi, (5.897 m.) inaugura el proyecto, que nació en medio del confinamiento obligatorio de la pandemia, que llevó “a muchos, si acaso a todos, a repensar los proyectos o a inventarse unos nuevos”, dice Vallejo.

MONTAÑAS, LAS CATEDRALES

Vallejo, quien cree que su gusto por las montañas es genético y le vino en el ADN, recuerda que a los ocho años experimentó un “amor a primera vista” cuando desde un balcón vio el volcán Tungurahua y le preguntó a su madre: ¿Cómo se llaman las personas que suben montañas?

“Las montañas son las catedrales de mi vida, y uno va a una catedral a meditar, a rezar, a agradecer y, de vez en cuando, a pedir”, explica.

Aunque ha coronado decenas de montañas, entre ellas, los “catorce ochomiles”, Vallejo no tiene estadísticas sobre sus ascensiones para no caer en “la frivolidad” de “subir para contar”, dice al anotar que la única cuenta que lleva “más o menos” es la del Cotopaxi, al que ha subido unas 282 veces.

A sus 61 años, entrena cinco o seis días a la semana alternando entre la bicicleta y el atletismo, y lleva una alimentación sana.

CUATRO HORAS ENTERRADO EN LA NIEVE

El 28 de diciembre de 1988, Vallejo cayó en una enorme grieta en el volcán ecuatoriano Chimborazo (6.263 m). “Pasé un gran, gran, susto porque me quedé sepultado cuatro horas, inmovilizado completamente a la espera de que mis amigos me puedan recuperar”.

“Pensé ‘qué manera más absurda de morirme haciendo esto que me gusta tanto’ y me enojé con la montaña”, relata a Efe Vallejo, quien disipó la angustiosa situación orando a Dios hasta que lo rescató un amigo.

Asustado, golpeado y estropeado, salió con la promesa inicial de no volver a escalar montañas, pero seis meses después y tras una “ceremonia personal para trabajar el miedo”, se reencontró con los colosos.

Vallejo ha subido montañas de Alaska, Colombia, Perú, Bolivia, Argentina, España, Italia, Francia, Suiza, China, Pakistán y Nepal.

Recuerda entre las ascensiones más difíciles a las del K2, el Kanchenjunga y el Dhaulagirí, la segunda, tercera y séptima montañas más altas del mundo, respectivamente, incluidas en los “catorce ochomiles”, que completó el 1 de mayo de 2008.

Llegar a la cima del Everest, coronar el Cotopaxi con su hijo, haber logrado la cima del Kanchenjunga (después del quinto intento), terminar los “catorce ochomiles” y el reciente abrazo de su hijo tras llegar a la cima de una montaña de 4.300 metros en Ecuador en plena pandemia, son algunos de momentos más emotivos que recuerda.

COMPARTIR AVENTURAS

“La vida tiene que ser vivida con intensidad todos los días, de manera que cuando se te presenta algún inconveniente no te coja el apuro de qué no hiciste o de qué no dijiste”, anota quien con esa filosofía tomó con calma el confinamiento por la covid-19.

Ingeniero químico de formación, docente durante doce años en el Instituto de Ciencias de la Escuela Politécnica Nacional, guía y motivador, Vallejo opina que la mayor lección de la pandemia es que se debe “vivir el aquí y el ahora” y compartir experiencias.

“Si filmo, tomo fotos y veo solo yo, es plata (dinero) botada. Los viajes tienes que compartir”, apuntó quien desde 1988 ha realizado muestras audiovisuales aisladas de sus viajes.

Sin embargo, ahora decidió llevar las montañas a las casas de todos a través de Youtube para compartir experiencias y reflexiones con vídeos que durarán entre cuatro y doce minutos, y que permitirán a los espectadores constatar el proceso de ascensión y encaramarse en las nubes para ver y sentir al mundo desde arriba.

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