Dos siglos después de su viaje iniciático, Delacroix vuelve a Marruecos

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MARRUECOS DELACROIX

Rabat, 6 jul (EFE).- Dos siglos después del viaje iniciático que cambió su obra y su vida, Eugène Delacroix ha vuelto a Marruecos en una exposición, la primera de su género, que trae al público marroquí pinturas, bocetos y objetos que ayudan a entender lo que significaron aquellos seis meses de 1832.

La exposición en el Museo Mohamed VI de Arte Moderno de Rabat, abierta hoy para la prensa y mañana para el gran público, se titula “Delacroix: Recuerdos de un viaje a Marruecos”, y contiene óleos, litografías, acuarelas y aguafuertes, pero sobre todo objetos que el pintor acumuló durante su viaje y que le sirvieron de inspiración para toda su obra posterior.

La comisaria de la muestra y directora del Museo Delacroix, Claire Bessede, explicó que la importancia de aquel viaje es tal que en la historia de la pintura “hay un antes y un después del viaje de Delacroix”, pues ayudó al pintor a crear “un universo coherente que influyó enormemente en muchos pintores posteriores, como Constant o Matisse”.

Cuando Delacroix viene a Marruecos, invitado por el conde de Mornay en el marco de una “embajada” o misión del rey Luis Felipe I para el sultán Moulay Abderrahman, la tendencia orientalista ya era muy influyente en la pintura europea, pero era un Oriente imaginado a través de las visitas a las ruinas y escenarios de la antigua Grecia o Italia.

El joven Delacroix, que a sus 34 años ya era un artista muy reputado, también bebía de ese espíritu, un Oriente inspirado sobre todo en la obra de Lord Byron, pero al llegar a Tánger sufrió un shock.

“Habría que tener 20 brazos y 48 horas por día para poder dar una idea pasable de todo esto -escribió en sus cuadernos nada más llegar-: Estoy aturdido por completo. Soy en este momento un hombre que sueña y que ve cosas que teme se le vayan a escapar”.

A un amigo le escribió: “A cada paso que doy, veo escenas ya listas que darían gloria y fortuna a veinte generaciones de pintores”, y añadía: “Lo sublime y vivo corre por las calles y te asesina con su realidad”.

Explicó Bessede que Delacroix fue invitado a aquella embajada a Marruecos sin ninguna misión concreta, solo porque ya era una celebridad en Francia, y aunque Mornay adivinase que la realidad marroquí inspiraría al pintor, tal vez nunca imaginó hasta qué punto sería verdad.

El viaje de Delacroix duró seis meses, “y luego durante treinta años siguió representando Marruecos”, explicó la comisaria. No es una exageración: el último lienzo que pintó pocos meses antes de morir se titulaba “Escaramuza árabe en la montaña”, un paisaje claramente inspirado en las montañas del Atlas.

UN BAUL LLENO DE ROPA Y ARMAS

Nada más entrar a la exposición, un baúl marroquí recibe al visitante de forma metafórica: en él guardaba presuntamente todos los recuerdos que se había traído: ropas de hombre y mujer, instrumentos de música, botas, cartucheras, espadas o hasta un matamoscas, visibles todos en la muestra de Rabat.

Durante los treinta años posteriores al viaje, el pintor -dice Bessede- abría su baúl, ojeaba sus croquis (escribió decenas de cuadernos de viaje) y echaba mano de su prodigiosa memoria para pintar.

Los lienzos presentes en la exposición contienen algunos de los motivos predilectos del pintor: guerreros en batalla, caballos al galope o grupos de cómicos, mientras que los grabados son sobre todo retratos de dignatarios o funcionarios de la corte marroquí.

Se echa en falta el famoso “El sultán de Marruecos”, que muestra a Moulay Abderrahman saliendo a caballo de su palacio en Meknés; el cuadro no sale del museo de Toulouse debido a su gran tamaño, pero en la muestra de Rabat se puede ver un boceto de aquella obra.

La exposición recoge también obras de reputados orientalistas sobre los que Delacroix ejerció una gran influencia, como Constant, Camoin, Girardot, Dehodencq o Matisse; este último declararía, en otro viaje iniciático a Tánger casi cien años después, que había encontrado “los paisajes exactamente tal como los había descrito en sus telas Delacroix”.

Se considera a Delacroix como la cumbre del orientalismo, pero Bessede matiza: “su mirada no es despectiva ni es colonialista”.

Por Javier Otazu

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