Devolver a la vida el museo más icónico de Beirut, cristal a cristal

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LÍBANO EXPLOSIÓN

Beirut, 18 jun (EFE).- En un poco iluminado taller a una media hora al sureste de Beirut, media docena de trabajadores se afanan en medir, cortar y ensamblar piezas de madera del icónico Museo Sursock de arte moderno y contemporáneo, que el 4 de agosto de 2020 saltaron por los aires junto a cristales, techos y escaleras.

Entre el runrún de las máquinas y de las sierras contra la madera, los artesanos de Maison Tarazi trabajan con los restos del museo recuperados tras la gran explosión que se originó en el puerto de Beirut, a unos 800 metros de distancia, y añaden otras piezas nuevas meticulosamente diseñadas para recrear un rosetón original del edificio.

“Es un proceso de restauración y al mismo tiempo de reproducción”, explica a Efe el gerente de este antiguo taller familiar, Camille Tarazi. Asegura que cuando el marco esté pintado y se inserten en él una serie de cristales de colores será imposible detectar diferencia alguna entre las partes originales y las nuevas.

Mientras Maison Tarazi elabora las puertas y paneles de madera de la “histórica” primera planta del edificio, otros artistas, albañiles y expertos se dedican a rehacer los vitrales o restaurar las obras de arte dañadas para devolver al inmueble su antiguo esplendor.

UN RUIDO “INCOMPARABLE”

Esta imponente mansión de fachada blanca y grandes escalinatas en el corazón de la capital libanesa fue construida en 1912 por el aristócrata y aficionado del arte Nicolas Sursock, quien decidió mezclar la arquitectura tradicional libanesa con las influencias venecianas para su atípica residencia.

Antes de morir en 1952, “sorprendió a todo el mundo, incluida a su familia, al decidir que la casa sería donada a la gente libanesa y sería transformada en un museo”, relata a Efe su directora, Zeina Arida.

Aunque durante años el entonces presidente del país mediterráneo, Camille Chamoun, utilizó el edificio para alojar a distinguidos huéspedes como reyes y jefes de Estado, la presión ejercida por la familia Sursock se tradujo en 1961 en el cumplimiento de la última voluntad de Nicolas.

Décadas más tarde, entre 2007 y 2015, el edificio fue sometido a una importante renovación y expansión como parte de un proyecto tardío de reconstrucción tras la guerra civil libanesa (1975-1990).

La primera planta histórica sobrevivió un siglo intacta tal y como la había diseñado Sursock, pero el 4 de agosto de 2020, apenas cinco minutos después de que el museo cerrase sus puertas, fue sacudida por la onda expansiva que arrasó con varios barrios de Beirut, causando más de 200 muertos y 6.500 heridos.

“Escuchamos este incomparable ruido de la explosión, pero también el ruido del museo rompiéndose en pedazos”, recuerda Arida.

EL PROCESO DE RECONSTRUCCIÓN

El museo quedó “muy dañado” y perdió todas sus puertas y ventanas, las escaleras laterales, los techos e incluso los ascensores, además de quedar afectadas 57 de las 130 piezas expuestas.

“Las obras de arte también sufrieron daños porque la colección permanente estaba en exposición en la segunda planta y una exhibición había abierto dos meses antes en las galerías del primer piso”, detalla la directora.

Gracias a donativos y subvenciones se han recaudado hasta ahora casi 2,4 millones de dólares para los trabajos de renovación, que arrancaron el pasado febrero, y la campaña de restauración de las obras de arte, iniciada en mayo.

Hoy, solo las láminas impermeables que sustituyen los cristales de las ventanas y un amasijo de escombros en el patio denotan los daños en el exterior del edificio. Sin embargo, en el interior, las salas están aún llenas de ladrillos y andamios.

LOS VITRALES

A las afueras de Beirut, en el estudio de la artista especializada en cristal Maya Husseini, un pequeño equipo de tres personas trabaja siete días a la semana para elaborar decenas de nuevos vitrales para las ventanas del museo.

Husseini, quien también participó en la última renovación, recorta patrones de cartón numerados que coloca sobre las láminas de cristal para obtener las piezas de colores que luego serán ensambladas con tiras de metal. La tarea es ardua, conlleva diez fases distintas y tardará unos seis meses en completarse.

El material fue donado por una de las últimas empresas que todavía realiza cristal soplado en Francia, Verrerie de Saint-Just. “Cada cristal es único”, sentencia Husseini.

Afortunadamente, la artista todavía conservaba sus dibujos de las cristaleras creados en base a fotografías en blanco y negro de antes de la guerra. La ausencia de color en las imágenes originales obligó a escoger intuitivamente los colores rojo, naranja, azul y amarillo.

Arida estima que no podrán reabrir la galería hasta principios de 2022, pero todo apunta a que una vez más se cumplirá la última voluntad de Nicolas Sursock.

Noemí Jabois

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