Delibes, guardián del Campo Grande

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MIGUEL DELIBES

Valladolid, 17 oct (EFE).- El Campo Grande limita al norte con José Zorrilla, vigía desde el pedestal donde recita sus versos desde hace 120 años, y muy cerca con un Miguel Delibes en bronce que desde este sábado, día en que hubiera cumplido cien años de vida, se ha convertido en el nuevo guardián del parque que tanto amó.

Este inmenso jardín es un triángulo mágico en la vida de Delibes, con sus tres brazos en la Acera de Recoletos, donde nació hoy hace cien años; el Paseo de Filipinos, su primer domicilio tras casarse; y el Paseo de Zorrilla, morada de su madurez literaria y periodística.

Al magnetismo de este pequeño cosmos contribuye también la cercanía del Colegio de las RR MM Carmelitas, donde estudió desde los seis a los diez años; y su proximidad al Colegio de Lourdes, escenario de su Bachillerato y lugar donde se casó con Ángeles de Castro, con quien paseaba y se citaba en un banco del Campo Grande.

A escasos metros de uno de sus vértices, aún se levanta el viejo edificio de la Escuela de Comercio donde impartió clases como catedrático de Derecho Mercantil, y a cuatro zancadas de cazador aún alienta el inmueble que alojó la redacción, talleres y administración del diario El Norte de Castilla que, con diversas responsabilidades, frecuentó entre 1940 y 1977.

Desde su último domicilio, en la calle Dos de Mayo, Delibes podía escuchar el celo de los pavos reales del Campo Grande, ya jubilado y sin grandes ocupaciones que le impidieran dar su acostumbrado paseo por el principal parque público de Valladolid que este sábado, fecha en que se cumple el centenario de su nacimiento, le ha recordado con el descubrimiento de una estatua.

Desde esta fecha tan redonda (100), el Campo Grande cuenta ya con dos guardianes en sendas estatuas, la del romántico erigida en 1900 y la del realista este 2020: con los pies en el suelo, sin peana ni pedestal, en contacto con la tierra que pisó, sin perder pié, con su inseparable gorrilla de visera, envuelto en una bufanda, un paraguas en la diestra y el periódico en la otra mano.

Eduardo Cuadrado, autor del bronce, ha reflejado a un Delibes a tamaño natural, abrigado y en actitud de caminante como solía hacer los últimos años de su vida, con el tiempo perfectamente cronometrado salvo contrariedades que le retenían cuando alguien le reconocía, le pedía un autógrafo o llamaba su atención.

Con las manos en los bolsillos o cruzadas en la espalda, según las estaciones, frecuentaba a horas fijas este entorno que incorporó a su imaginario literario en algunos de sus cuentos (“El manguero”) y también en su libro final (“El hereje”), testamento literario donde evocó el Campo de Marte (actual Campo Grande) como el lugar del quemadero de los herejes condenados a las purificación de las llamas.

Delibes, que se asoma a la céntrica calle de Santiago a través de un relieve clavado en los muros de esta parroquial, se suma ahora de cuerpo entero a la galería literaria de bronce que desde hace años, en diferentes formatos, recuerdan a Zorrilla, Leopoldo Cano, Núñez de Arce, Cervantes, Santa Teresa, Emilio Ferrari, Rosa Chacel, Jorge Guillén y José Jiménez Lozano a través de una alegoría.

El novelista solía pasear solo o junto a algún amigo, el más asiduo Ramón García, autor de varios libros sobre la vida y obra del escritor, aunque el primer estudioso de su obra fue Leo Hickey (1968) antes que Francisco Umbral, César Alonso de los Ríos, Javier Goñi, José Francisco Sánchez y Amparo Medina-Bocos, entre otros.

Este abrazo de bronce que su ciudad natal le dedica ahora, como contrapartida de afecto, se encuentra junto a la Plaza de Zorrilla, en uno de los extremos de esta bisectriz peatonal del Campo Grande que hace no tanto alojaba la Feria del Libro con el reclamo primaveral de los pavos reales.

Roberto Jiménez

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