Bethune, un cirujano canadiense en las guerras civiles de España y China

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CHINA ESPAÑA

Yan’an (China), 9 jun (EFE).- “Hoy no me siento realmente bien. Probablemente tenga que decirte adiós para siempre, diles que soy muy feliz aquí”. Con esas palabras se despidió el cirujano canadiense Norman Bethune, horas antes de morir, del comandante Nie, al mando de la zona militar del norte de China.

Bethune había llegado al cuartel general de los comunistas en Yan’an en junio de 1938, después de participar en la guerra civil española, donde dos años antes había montado una unidad móvil de transfusión de sangre para soldados heridos en el frente de Madrid.

Paradójicamente, murió más de un año después al envenenar su propia sangre tras cortarse un dedo mientras operaba sin guantes a un combatiente en la provincia septentrional china de Shaanxi.

“LA MEDICINA ES UN COMERCIO DE LUJO”

Descendiente de una prominente familia escocesa de Canadá e hijo de un pastor presbiteriano de Ontario, Bethune se convirtió en un prestigioso cirujano torácico, que ideó innovadores instrumentos para operar.

Durante la depresión de los treinta, se interesó por las causas socioeconómicas de las enfermedades y comenzó a ofrecer tratamiento gratuito a gente con escasos recursos.

“La medicina, tal como la practicamos, es un comercio de lujo. Vendemos pan a precio de joyas. Saquemos el beneficio económico privado de la medicina y purifiquemos nuestra profesión del rapaz individualismo”, proclamó ante sus colegas de la Sociedad Médico Quirúrgica de Montreal en 1936.

Poco antes había ingresado en el Partido Comunista de Canadá, prohibido entonces, y, tras el estallido de la guerra civil en España, acudió a Madrid para prestar servicios médicos al bando republicano.

Hasta entonces se perdía un tiempo vital llevando a los heridos en combate a un hospital, pero Bethune consiguió poner en marcha el Servicio Móvil Canadiense de Transfusión de Sangre, que permitía hacerlas en el mismo frente de batalla.

En 2006, la ciudad española de Málaga le dedicó el “Paseo de los canadienses” por su ayuda a la población en febrero de 1937, de la que evacuó a decenas de personas poco antes de la llegada de las tropas nacionales.

“España me dejó una cicatriz en el corazón”, escribiría después en Canadá, país al que volvió tras ocho meses en tierras ibéricas y donde se prodigó en recaudar fondos para la causa republicana.

EN LA CUNA DEL COMUNISMO CHINO

Cuando los japoneses invadieron China en 1937, se embarcó en un vapor rumbo a Hong Kong, desde donde cruzó casi toda China -a pie, en burro, a caballo o en camiones y siempre sorteando los bombardeos y las líneas japonesas- hasta llegar a Yan’an, donde los comunistas establecieron su base al concluir la Larga Marcha.

Allí se encontró con Mao Zedong, con quien compartió una larga noche de conversación en una de las tradicionales cuevas donde vivían los dirigentes comunistas, como buena parte de la población de la entonces semidesértica región, conocida por su tierra amarilla.

El entonces ya líder de los comunistas intentó convencerle de que su experiencia quirúrgica sería muy útil en Yan’an, pero el canadiense insistió en acudir a la primera línea del frente para intervenir in situ a los heridos.

“Todos nosotros debemos aprender del espíritu desinteresado de Bethune, de su completa entrega a los otros sin pensar en sí mismo”, diría Mao después en un artículo sobre él, que todavía se estudia en las escuelas chinas.

En aquella época, la zona comunista contaba con escasos cirujanos especializados y los servicios médicos del área bajo su control dejaban mucho que desear.

Además de operar a decenas de heridos -llegó a realizar hasta 125 intervenciones en cuatro días- Bethune organizó un cuerpo médico, levantó hospitales de campaña y formó a personal quirúrgico.

También puso en marcha un servicio de transfusión móvil similar al español, en medio de una gran escasez de equipos y alimentos a causa del bloqueo de la zona, primero por los japoneses y luego por los nacionalistas del Kuomintang, que impedían el abastecimiento.

“Sueño con un café, una tarta de manzana y un helado. ¿Se escriben aún libros? ¿Se hace todavía música? ¿Cómo se sienten las sábanas blancas y limpias en una cama suave?”, escribió el cirujano en una de sus cartas a sus amigos canadienses.

Con todo y pese al cansancio, aseguraba no haber sido “tan feliz en mucho tiempo”. “Hago lo que quiero hacer. No tengo dinero ni lo necesito”, decía.

Cerca de las bombas, donde Bethune operaba la mayor parte del tiempo, escaseaban los guantes quirúrgicos. Se hizo un corte en un dedo durante una intervención, que luego se infectó al entrar en contacto con los órganos del paciente.

Esa herida, agravada también por su mala nutrición, degeneró en una septicemia que acabó con su vida, el 12 de noviembre de 1939.

Javier García

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