Gavarnie-Gèdre (Francia), 8 jul (EFE).- El esloveno Tadej Pogacar demostró en la gran etapa pirenaica del Tour de Francia que sus rivales no están sobre el asfalto, que sus límites no se cuentan en las clasificaciones y que la frontera sobre la que se mira es la historia.
Camino de conseguir su quinto Tour, que tiene ya bien encarrilado, el ciclista del UAE ha ido superando récords que le colocan en la línea de los más grandes de todos los tiempos y en buena posición para colocarse por encima de ellos.
A sus 27 puede conseguir algo que Jacques Anquetil no logró hasta los 30, Eddy Merckx con 29 y Bernard Hinault y Miguel Indurain con 31, lo que le deja margen para superarlos y abrir una página nueva de la historia.
Incluso Lance Armstrong, proscrito de todos los anales del ciclismo, tenía 31 cuando se hizo con el quinto de los siete Tours que luego le fueron arrebatados cuando se desveló que se dopaba.
Pogacar, responsable de haber revitalizado el ciclismo con su forma espontánea de correr y con sus exhibiciones estratosféricas, o «imperiales», como calificó en la meta de Gavarnie-Gèdre, el presidente francés, Emmanuel Macron, sigue acumulando marcas.
Camino de su 23 triunfo en el Tour, que le coloca como el cuarto ciclista con más victorias, solo superado por Hinault (28), Merckx (34) y el ‘sprinter’ británico Mark Cavendish (35), el esloveno firmó la subida más rápida de la historia del Tourmalet, el puerto que más veces ha ascendido la ronda gala.
Y protagonizó 43 kilómetros en solitario, su escapada más larga en la carrera, una muestra de su superioridad y de la forma que tiene de afrontar las carreras.
De rebote, y según sus propias palabras sin buscarlo, se vistió con el maillot amarillo que ha llevado ya 56 veces y que parece difícil que pierda ya camino de París.
Pogacar llegó al Tour con pocos días de competición pero todos exitosos, trece victorias, dispuesto a acabar lo antes posible con todo asomo de contestación sobre su dominio.
A base de goles certeros ha minado la moral de sus rivales, impresionados por su fortaleza, pero también por la de su equipo, simbolizada en la figura del mexicano Isaac del Toro, tercero de la etapa y de la general, que emerge como uno de los más fuertes del pelotón y dispuesto a darlo todo por su patrón.
Un juguete
La carrera parece ya un juguete en manos del esloveno y de su equipo, que como el propio ciclista confesó decidieron por la mañana dar un golpe de gracia en Pirineos, el escenario de once de sus 23 triunfos en el Tour, un macizo que se le da mejor que los Alpes, donde figuran algunos de sus contados fracasos en esta carrera.
«No me esperaba esta ventaja ni quería por ahora el maillot amarillo», dijo el esloveno, que en los días previos había asegurado que el liderato comportaba un desgaste que prefería tener lo más tarde posible.
Pero su superioridad es tal que arrasa con todo a su paso y ahora tendrá que asumir esa responsabilidad. «Por el momento, ahora tenemos unos días de descanso, al menos con poca tensión, podremos recuperar», aseguraba el esloveno.
Mientras sus principales rivales, empezando por el danés Jonas Vingegaard se obstinaban en mantener viva la carrera asegurando que queda mucho hasta París, el esloveno parece mirar más alto.
Su renta de 2.42 sobre el escandinavo al que sacó medio minuto en la subida al Tourmalet y más de 2 minutos en el descenso y la posterior subida a Gavarnie-Gèdre, es más pequeña que la sensación de que el danés poco puede hacer contra el esloveno.
«Pensaba que me restaría tiempo subiendo», dijo Pogacar, que también saldó cuentas con su máximo rival sobre el descenso: «Hace tres años, cuando yo salía de una lesión, ellos aceleraron bajando el Tourmalet por esta misma pendiente. Eso me ha venido a la cabeza bajando hoy y lo he dado todo».
Luis Miguel Pascual
